lunes, octubre 12, 2020


Esta ventana cobija mi encierro.
Como si nunca antes esta escena 
se repitiera,
que no sea excusa la tardanza.
Corazón regando mis silencios,
quiero sin pensar estar otra
Que brote la savia
aunque viaje a destino
incierto.
Y despierte en el próximo
Poema.
C.M

 

No es el fin
de este mundo.
Mas allá hay algo
hay luz.
Para alcanzarla
hay que conocer la fe,
aunque ella sabe reír.
Se oculta
es intangible e inexplicable,
es eterna o efímera.
Pero la verdad
es dura.
Tu eliges con cual te quedas. 

C.M

 Si me buscas con tu boca de lobo

y saltas y muerdes mi corazón.

Si hundes tus uñas en mis venas,

y la miel enciende

mi sangre

en el tenebroso rito.

Es vital que sepas apagar el fuego.

C.M


domingo, octubre 11, 2020

 En esta tercera parte de la vida los recuerdos aparecen como los gusanos en las mazorcas, devenidos visitantes inadecuados. 

Es la poesía, la infancia unida a tanta dureza real. El sol participe de gloriosos días de la niñez sale a cada rato, no hay melancolía, no es una metonimia ostentosa, se repite solo lo que hunde raíces en mi universo mítico.

La naturaleza torciéndole el brazo al hombre, la maleza comulgando con las privilegiadas, enriqueciendo la tierra donde crecerán los misterios.
Si dejamos la tierra rodearse de lo que haragana prefiere, seguro las ortigas, los cardos, trébol, la gramilla, huevito de gallo o uvita de campo serán sus voces.

Pero yo vi la mano hacedora, instalará semillas, bulbos, plantines de otros lares y un jardín brotará para mentir al deseo. Allí crecí y creo que aún hoy se ha preservado en mí esa mentira.

Mis ojos han quedado ciegos para otros jardines.
C.M.

La vieja casa de mis abuelos en La Gallareta. Santa Fe.
Que privilegio de ensueño
haber conocido la casa de la infancia
soy dichosa de haber poseído verdaderamente mi soledad
No en un desván o
sin dejar de jugar
Pues mi mente jugaba solo con las palabras
en un puente sobre la zanja del frente de la casa
allí entreví el germen de la libertad.
Mas allá la infinita calle atrapaba mis ojos
llenos de tierra y tiempo
Te hecho de menos
y con los sueños de entonces permanecen en mí
Aún cuando la casa ya no existe. 
 C.M.

sábado, agosto 29, 2020

La casita

En algunas noches secas y brillantes, cenábamos en la galería del fondo de la casa.
Allí la noche era más profunda y siniestra.
 Recuerdo bien la casita, tan perfecta y ajena.
Mamá y la abuela hablaban con mi hermana que no me quitaba los ojos de encima,
 y yo grababa en mis ojos la casita de la linda Miranda, que era de ella.

Esa noche soñé que mataba a mi hermana, 
me ponía el vestidito de tul amarillo de su muñeca
 y me iba a vivir a la casita.
 Y la abuela y mamá me miraban satisfechas.
Termine como termine, la vida siempre llena de sueños.
Sé una perra valiente , me dije, 
todo lo que vivas te despertará, en un mundo distinto.
Volverás a jugar, crecerás y serás poeta.


sábado, agosto 22, 2020

Elegía

En un pequeño pueblo desangelado nació una niña, al abrir los ojos un ala blanquísima nubló su vista. El mundo real se presentó sin velos y durante algún tiempo fue incapaz de ver, comprendió que ese destino era el de todos.El pueblo existía ni más ni menos que ella.

Se sabía que su madre había querido atrapar el mundo que la había hecho feliz en el pasado, acudiendo a dar a su hija un nacimiento alejado de la desdicha.

De su padre, que usaba botas de caña alta y portaba un látigo en su mano derecha cuando montaba su caballo.

Por las noches, miraba a través de la ventana del cuarto oscuro y el cielo le revelaba secretos, que ella nunca repetía.Jugaba en las veredas mohosas donde las rayuelas no se marcaban o se borraban rápidamente, aquellos misterios no la desanimaban.

Su abuela le hacía dedos de chocolates, para que ella supiera atrapar  sus fantasía

Durante el tiempo en que crecía sus amigos jugaban a atraparla sin lograrlo, ella convertida en águila volaba y desde lo alto miraba mundos distintos en la misma cuadra.Algunos se disfrazaban de moscas para seguirla, otros de gusanos para cautivarla, los más osados de ratones blancos y corrían enloquecidos, mirando hacia arriba chocando lo que encontraban a su paso

Ahora ya todos eran grandes y habían partido, incluso ella misma. Alejada del universo de la infancia, sentía pender de un hilo una bola de cristal que no osaba mirar.Cuando  la nostalgia la invadía se sentía contenta, porque recuperaba por un momento esos mundos que imitaba en sus noches caliente

El jardín, se llenaba de ecos del pasado y ella ponía los pies en la tierra, para sentir el temblor de la luna.Había hermosos pájaros y animales en las sombras, el rumor de las raíces cantaban a coro una elegía, que sólo ella escuchaba

Cada vez que un niño lloraba, ella desaprendía lo vivido y profería una canción de cuna, asombrada, como si fuera un lenguaje nuevo. 

C.M.

Homenaje a Arthur Rimbaud


 Enloquecido pierde la fuerza de sus visiones, agotando en si mismo todos los venenos. Y se perderá en las cosas inauditas.

viernes, agosto 21, 2020

Frase de : Macedonio Fernández

 "Nunca tomé conciencia de que respiraba hasta que estuve a punto de ahogarme"💜


obra de: Cecilia Maidana.

obra de: Cecilia Maidana.

miércoles, agosto 19, 2020

La Caja


 

Mi padre era constructor, no había llegado a ser arquitecto y trabajaba como si fuera un obrero. 

Sobre el tablero de dibujo descansaba una caja que yo recordaba, era eterna en ese espacio que  frecuentaba.

Admiraba sus dibujos en grandes pliegos de papel de tela engomada de color celeste, extendidos y fijados con chinches doradas como escarabajos egipcios en las pinturas del faraón. Era su lugar de trabajo, donde ponía las obras de su imaginación, como las del niño que había sido.

Como él sabía de mi afición, le gustaba poner detalles para que los descubriera y me hacía preguntas sobre las sorpresas, desafiaba mi imaginación, guiándome por los caminos de la creación. Aprovechaba y me narraba sus sueños más feroces, fabulosos de desesperación. 

En la caja guardaba sus más preciados tesoros, instrumentos, que de sólo verlo manipulándolos hubieran sabido de su amor, sin principio ni fin. Sobre esa caja había desarrollado yo mi memoria, como en un bazar oriental de colorido y brillos. A veces el sol curioso se deslizaba por la ventana y se mezclaba con el metal del compás, del tiralíneas, jugaba con gomas redondas engarzadas en centros plateados, como un collar blanco precioso. Y jugaban conmigo empapándome de destellos mágicos, un rayo de luna en la noche.

De pronto, podía adquirir protagonismo de bailarín un lápiz trompeta de culito de goma, que bosquejaba maravillas sobre el papel de envolver que él me daba, para que jugara con líneas que los caprichos del azar ponían en mis manos. O la cadencia de un móvil, en  una ristra de pruebas de papel color que giraban al son de una cadenita de brillante gris  y despertaba mágicos tintineos de carrusel.
 Juré solemnemente y estampando, sino con mi sangre, sí con tinta china roja del corazón, que nunca olvidaría estos momentos.

 A veces, un plumerillo juguetón danzaba sobre el tablero y todo adquiría sentido para mí, la vida era ese pequeño mundo en travelling con fanfarria
La mano cobraba vida y subida en el taburete alto observaba la pericia del dibujante. Acariciaba el papel para dejar rastros de su enigma, podía surgir un palacio de hielo en las profundidades de una roca. O el tiempo, saltimbanqui incorregible, le daba cuerda a personajes de pies diminutos que debían dar saltitos para moverse, todo adquiría el color de la felicidad y luego me lo regalaba para mi colección.
A fuerza de ser natural creció en mí la ilusión de vida eterna. 

Cuando perdí a mi padre la indefensión se apoderó de mi corazón, sorprendiéndome ante un evento inesperado. Yo era hija y había dejado de serlo para habitar la casa de la orfandad.
La caja siguió impertérrita su vida sobre el tablero, la soledad la afectaba pues el color varió al amarillo a dolor grisáceo. Yo le veía desde la distancia, no lograba acercarme y unir mi dolor a ella. Intuí un tiempo increíble de duelo sin palabras, ni presencia.

Una tarde, luego del colegio, en un silencio de caverna, inventé un sonido, me dispuse a seguir su  rastro y me llevó frente a la caja. Allí parada, sentí la brisa fresca de una noche estrellada cerca del río, muy cerca del corazón de papá, la abrí y allí estaban ellos, sus instrumentos de tortura y caricias al papel.

Yo, era otra, no quise sentir nada, ahogué los pensamientos en el río de la emoción y deje abierta la caja, con la secreta ilusión de que ellos brincarían a la vida y se irían volando en el viento del " nunca jamás".  Mis dedos recorrieron la calidez y la frescura, no todos estaban aún preparados para aceptar el cambio. Tomé un porta plumas y coloque una de las más finas, moje su respingado pico y escribí con esmero el nombre de él en una hoja que había dibujado y se encontraba sobre la mesa, una hoja de otoño verde morada, símil de una mano, la mano de mi padre.

C.M.

 

 

 

lunes, agosto 17, 2020

"El ojo y la Pluma". foto: Martin Heer. texto: Cecilia Maidana.

 Ni en mis peores pesadillas 

veo la soledad  plasmada en el aire de un día invernal

ni en las teorías del peligro y el riesgoso ambular

no me asomo al mundo

en esta ciudad que es una reina 

la tristeza deambula bajo un sol tibio y un frío estertóreo.

El viento aúlla entre  edificios se cuela en las grietas como araña

 solitaria teje telas invisibles

triste la pendiente al bajo conduce

nadie cruza la calle, salvo la solitaria realidad

quien se atreva arriesga

vida, amor

Aguardaré que florezca algo en la sombra.


Nota de: Olga Orozco, por: Cecilia Maidana. Diario: El Litoral. santa Fe. Foto: Fredy Heer.


 

miércoles, agosto 12, 2020

Como explicar el cielo cambia ánimo por certeza
hay cosas que levitan, vuelan brillan molestan o invitan 
se recortan en el celeste intenso
Olor de siega en los campos 
espigas como estrellas 
Solo extraño tu olor después de la faena. 
C.M.

martes, agosto 11, 2020

El refugio

Sin tener ninguna experiencia de la muerte le vi los pies y sembró en mi tal confusión que para no temerla comencé a amarla.

Contaba yo con  ocho años, nunca se había hablado en mi casa sobre ese acontecimiento que descubrí sin apronte, nadie de mi familia había muerto o al menos a mí me lo habían ocultado. No estaba exento de angustias, pues mis padres se llevaban de terror, la  casa podía ser un cuadrilátero en cualquier momento del día. Contiendas donde nadie y todos perdíamos, yo mi infancia y mi hermana confianza. Un costo altamente recomendable para que la muerte viniera a tentarme. 

Empecé a interesarme en el tema y leía todo cuanto caía en mis manos, nadie se enteraba de nada y yo hacia mis estudios nefastos.  Las lecturas alteraban profundamente mis percepciones, la imaginación corría en pos de más historias y leía situaciones experimentadas por otros. Mi hermana  dormía en mi cuarto y nunca se enteró, ocultaba mis inmersiones en un submundo  secreto. 

Los sueños se repetían, me levantaba en una semi- conciencia y respiraba con dificultad, el temor mordía mis noches y mi cuerpo todo, sufría alteraciones, palpitaciones, sudaba frío. Debía morder mis manos para no gritar ante las percepciones falsas que se me suscitaban.

En internet encontraba lugares horrendos, donde la gente iba a morir, agonizar o sufrir el dolor de la soledad. También fotografías con cadáveres de famosos fotógrafos, Witkin era mi favorito,la oscuridad, la falta de entendimiento de lo que veía me provocaba llanto, que ahogaba en las sábanas. Más nada de esto fue visto u oído. En el colegio hablaba con mis amigos, sumidos en un pacto de silencio, extremábamos nuestras observaciones para no ser descubiertos.

Una noche en que mis padres habían salido, decidí probar una experiencia que me llevara a ese estado de inconsciencia que deseaba. Poder dominar mi cuerpo y evadirme en los momentos que yo quisiera, no ver, ni oír a mis padres en su repetición  gozosa de pleitos individuales, acusaciones, burlas. Pensaba en cuál sería la manera de perderme, desaparecer por un rato. Me hallaba cada vez más solo, pues mi hermana salía mucho, para no sufrir igual que yo, por su edad eso era posible, pero en mí no lo era, debía compartir el amor de mis padres que a duras penas se acordaban de mi. 

Mi vida se había reducido a nada, sin placer por estar con amigos, sin familia y sin contención, mis padres discapacitados de amor y tampoco se esforzaban, en mi caso había perdido la noción de la realidad de un niño, me sentía viejo y desahuciado. 

Descubrí que el placard podía ser un lugar seguro, ahí me refugiaba durante las peleas, eso era lo que necesitaba para mis experiencias.Busqué la llave para encerrarme en él, me aseguré  cuidadosamente que la perilla fuera resistente y cuando mis padres partieron, me encerré en ese oscuro lugar, para ejecutar mi acto de fuga.

La corbata de papá aguantó, la perilla también. Y  acá estoy, en una cama de sanatorio, en coma y lúcido. Veo a mi familia ir y venir todos los días, a toda hora, a visitarme, a leerme, a besarme, me tocan, me acarician, rezan. 

Creo que lo he logrado, si no fuera que como7 solución es un poco extrema.

C.M.


viernes, agosto 07, 2020

Cae un resplandor sobre la retama,
la hora de las sombras largas
No se sabe si es una lluvia de oro
o cristal por donde el sol penetra
y se refleja
Llegan los gansos con sus parejas y
las flores caen a sus patitas
ellos picotean con suave cadencia
El viento mece las ramas delgadas
 como estiletes
y suenan
y mi cabello rojo se enreda en ellos
 bailando al son de la música y respira
el alma
Duele tanta belleza.

 

jueves, agosto 06, 2020

Existe un paisaje abandonado/
donde los pájaros vuelan
en el sentido del amor
No existe un desierto perdurable/
la naturaleza rebelde conserva
libertad y deseo/
Toda el agua no calmará la sed
ni las llamas de un sol incandescente
ni la sangre vertida/
Y las aves verán en su espejo 
correr los dias /
de felicidad completa. 

jueves, julio 30, 2020


De universos brutales

Pasábamos por el ligustro alto como un hombre, rodeaba un jardín lleno de plantas negras donde no daba el sol y daba miedo vivir allí.
El loro recorría el ligustro como una penitencia invariable, 
vestido con un chaquet verde brillante y una coronita roja y amarilla, se pavoneaba como un rey malvado, presto para castigarte si te atrevías a acercarte.
Recuerdo mi miedo feroz y la saliva salada y amarga como lágrimas en los ojos.
Y no poder llorar, porque a ese niño en la caja blanca, rodeado de gladiolos blancos voluptuosos y rosas con espinas y un tul finísimo como las babas del diablo, yo, no lo conocía. Pero sentía que algo terrible y blanco le había sucedido.





De universos brutales

Yo sé que cada mañana había nuevas promesas en el jardín que tenía para mí sola.
 En ese lugar mágico, todos los pájaros y visitantes crecían con igual fuerza, gusanos y Alelíes, 
arañas verdes y rojas con naranjas, y los perritos cubiertos de pulgas que se rascaban el lomo sobre la tierra hasta hacérselo sangrar.
Yo quería ser una niña no mujer antes de tiempo, pero el plan del señor no era ese, a veces las cosas suceden antes del tiempo en que se abren las flores; 
todo eso deja una marca como de algo roto que ya no se arregla. 
Si hubiera estado mamá o alguien que me mirara, hubiera notado que perdía la frescura
 como una flor demasiado tiempo en el agua y hubiera preguntado
 por eso tan oscuro y espantoso que me había sucedido.
Me atreví a seguir viviendo y las cosas fueron cambiando, nunca le conté a nadie,
 nada y la única valiente en todo eso fui yo, aunque a veces dudo.


 

sábado, julio 18, 2020

Mark twain: Una anécdota singular.

Mark Twain (1835-1910)Samuel Langhorne Clemens 1835-1910
El escritor de "Las aventuras de Huckleberry Fin", solía contar una anécdota extraña:

 Entrevistado por un periodista acerca de su infancia le había hablado de Bill, su hermano mellizo.
De niños Bill y Mark se parecían tanto que para distinguirlos les ataban a las muñecas una cintas de diferentes colores. Un día, los dejaron solos en la bañera y uno de ellos se ahogó. Las cintas se habían desatado. " De modo que", concluyó Mark Twain, "nunca se supo quién de los dos había muerto, si Bill o yo"
Tomado de el libro de Emmanuel Carrére: "Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos". Un viaje a la mente de Philip K. Dick.

jueves, julio 16, 2020

EL OJO Y LA PLUMA

                                               Foto: Martin heer.
                                               Texto: Cecilia Maidana."

Ese brillo de ciudad futura
que atrapa mirada
oropel de un infierno temido,
un contorno irreal como un sueño,
no capta mi asombro
Aquí en la sombra,
un pedazo de cielo para mí,
luces inquietas bajo los arboles
en la plaza dormida,
danza pequeña sin alardes.
Me une a la tierra.
C.M.

https://www.dunken.org/convocatoria/single.php?id=23147

Entre Lectores & Escritores.

Microrelato: "La rata"

Una mujer tenía un marido que era muy popular, todo el mundo lo quería y lo visitaban, a ella esto le daba celos, no soportaba que el hombre le quitara su atención. Cuando llegó a la conclusión de que él no sería sólo para ella, decidió ultimar al hombre con veneno para ratas. Conforme a esa decisión en la mañana ella había colocado el veneno en el desayuno de su esposo, cuando de pronto en el patio se apareció una gran rata que se paró frente al hombre y lo miro a los ojos. El hombre le devolvió la mirada y le alcanzó el tazón con su desayuno, y aunque la mujer argumentó, él se lo dio. Al ver la rata muerta en el patio, la mujer advirtió lo inútil de su gesto. C.M.

Microrelato : Viaje

Al hombre le habría gustado viajar toda su vida, conforme su condición humilde esto no era posible. En un invierno infinito y lluvioso se inundaron todas las calles de la ciudad y también los hogares. El Agua corría como ríos por dentro de algunas de ellos y en los patios se formaban deltas. El hombre pensó, no sin angustia, que debía aprovechar esta situación y en un santiamén se subió a una cacerola que boyaba siguiendo la corriente rumbo a la calle, mientras navegaba en la corriente peligrosa pensó, que esa travesía lo redimía de un pasado miserable. C.M.

La Quimera. Poema en prosa



 El navegante de sueños, penetra una noche en la profunda sábana del Paraná, ella lo envuelve con su voz rumiante de camalotes, siestas de verde naturaleza, lo lleva al sueño  del hombre. 
Ha recorrido una extensa llanura de letras y cobijó  todos los vientos que desparramaban su soñar hacia el río. 
El hombre desnudo, tendido cara hacia el cielo, distrayéndose de ser distraído por las cosas que distraen, con la tierra que cabe en sus manos, crea un mundo fantástico. 
En este estar estando, los fantasmas de dioses hogareños provocan un instante de amor total y musita una letanía:" Hice río con mi río, islas con sus venas, bebí largos sonidos contra el paredón como un terror que viene para mí,  me ausenté haciendo la plancha, una mano atrapó mi pierna, otra mi brazo, y otra mi boca, sin voz mi finitud me habló de ti y entendí tu forma de partir".


miércoles, julio 08, 2020

De la Quimera de los sueños ( Fragmentos)


La quimera de los sueños

El hombre poseía un atrapa sueños, le había sido obsequiado por una persona de Taos, le dijo - te permitirá el viaje al estado de los enigmas, cuélgalo en la cabecera de tu cama-

 La cofradía de los navegantes de sueños existía, pensó, quizás podía ser uno de ellos. La gente le relataba sus sueños y los escribía para poder penetrar en su secreto, era una vida errante, se sentía agitado, practicaba como un profeso la inmersión en las profundidades de la mente. Se imponía la experiencia de salir de su persona para entrar en otra. En algunos sueños alcanzaba a vislumbrar lo insondable, sentía que era un arte arduo y peligroso, fuera de la realidad. ¿Cómo se sumerge uno en la oscuridad y luego puede emerger a la luz? Se preguntaba

 Leía en ellos como en un libro aún no escrito, todo podía ser cambiado por las palabras del soñante, corría el riesgo de que, de improviso, lo anularan, o él mismo fuera apenas un esbozo de lo que quería decir la persona, sin poder acceder a los deseos. En ese interior las cosas y el sueño se entreveraban, como una planta parásita con otra, como el tallo de una enredadera a un poste. Ejercitaba el trance auto inducido y como un profeta, encontraba respuestas para los que eran torturados por sus ensoñaciones, pero al obstinarse en esa técnica comenzaba a vivir fuera de sí, el retorno a veces le era vedado. 

Frecuentemente algún sueño lo reclamaba, se hundía en las profundidades, los sueños no eran iguales, en el fondo nunca se sabe que se va a encontrar. A veces se siente que se está en la cima o bien en el abismo, es posible perder

En algunos sueños se presentaban los fantasmas del soñante, historias muy reales que espantaban al atrapador de sueños. Era posible quedar seducido, atrapado en esas fantasmagorías, una especie de palacio helado transparente con torres afiladas y tortuosas, filamentos del sueño intentan atrapar a quién se atrevía a desafiarlos.


Del libro "La Caza"


El bosque era lejano a mis pies, el clima amante y había alegres cantores ajenos, el misterio cantaba vivo en sus aguas y fronda. Yo era una imaginista. Me complacía en un mundo sensible con los ojos maravillados, el problema era el tiempo, era ir a un lugar y estar en otro, el acontecimiento perdurable. Una feria de poseídos y poseedores, con la pasión dispuesta a la agresividad, estímulo de mis sensaciones. Secretos de cazadora, incursiones a lo hondo del pensamiento, de trapecista sin circo, de maga con galera.


Estanislao

Estanislao

Un sacerdote ignoto que pudo llamarse Mario relata una historia semejante a esta.
Estanislao, hijo de Osvaldo, es bello y pálido, todos lo aman y bendicen. Él cree que ama a dios, el silencio, el escondite en la capilla, donde se encuentra con él. Su padre quiere que olvide a ese dios que lo sorprende en la noche y lo asusta. Él sabe de la mirada dura de su padre y su mano de hierro, siempre en movimiento, que sólo se detiene sobre su cabeza.
Es de noche y los mozos del galpón ríen y beben, algunos truenos a lo lejos, los caballos se agitan y relinchan.
El Joven en su cuarto ora " Señor no permitas que ese hombre ponga su mano de hierro en mi corazón". Se oye un trueno más fuerte y cercano. La noche se cierra, los caballos duermen de pie, los hombres en sus camastros de heno, la tormenta esta lejos. Estanislao desde su ventana mira el rumor de la luna y en el momento en que el brillo de esta se cierne sobre el espejo, él ve su rostro, el que ama su madre, luego deja lugar a una máscara enrojecida e inflamada. Ríe atribulado, nadie lo escucha. Llora y duerme.
En otra noche, por esa misma ventana aparece una forma extraña que no reconoce, viene de lo desconocido. Le revela que es un ángel, le dice que el señor no quiere que sufra, que lo ama bello y pálido, después sólo se oye el croar de las ranas de octubre.
Amanece, un grupo de gigantes armados atraviesan el patio de tierra caliente...   Junto a los caballos, los bueyes y el olor del establo, las carretas están preparadas para la partida, sus ejes rechinan, los hombres avanzan y ajustan los herrajes. La estación cálida lentifica las acciones, se oyen risas, bromas burdas. Parado frente los bueyes el joven habla con dios, que lo quiere joven y bello, la felicidad es de otro mundo. 
Un carro se mueve, traquetea y los hombres suben con estrépito. El Niño mira sus pies desnudos, son una masa enrojecida, temeroso cierra los ojos, baila y ríe, su padre lo mira, lo llama, le toca los brazos con los que rodea la escena, él tío se acerca y le acaricia los cabellos, en cada uno de ellos él ve el ángel.
Los hombres lo saludan con la mano, ríe inefable. Parten antes del alba, las pesadas patas de las bestias levantan vuelo, la bruma los hace desaparecer.
Estanislao siente el día, quiere verlo alumbrar a los pájaros, mira sus manos, toda su sangre se ha detenido en ellas.
Con el corazón encogido, vacío, entra a la cocina, en el hornillo crepita la olla, la leche rezuma, acerca sus manos, ordena a la espuma que baje.
La vida es ahora, la hora presente, su mano sujeta el asa hirviente, realiza un movimiento para Dios, es bello para él y nadie más, tiembla, existe aún apenas, el ángel lo mira, se alegra.  No volverá a verlo.

martes, julio 07, 2020

"De universos brutales"

De niña pasaba mi tiempo entre Nogales, higueras, azucenas en flor, jazmines, sombrilla de la virgen. 

Las cuevas que los animales cavaban, eran mi universo favorito, entre huevos de teros, plumas de cotorras, uñas de gato y especies salvaje que alguna vez el viento inconstante trajera de tierras remotas e inexploradas al jardín.
He catado cada flor, sentido su perfume, en el fondo oscuro de mi boca estallaban, alimentaban mi fantasía. 
Compartían sus secretos que abonaban la tierra fértil  de mis días.
En un tiempo sin fecha hube de ser testigo de la comunión de mi hermano con el rosal de la glorieta, fui testigo envidioso de ese encuentro donde las espinas entraron en la carne trémula del niño. 

Poseído amorosamente por ellas, la sangre brotó de ese amor instantáneo, las rosas lo arrullaron, se  dejó pregnar del pecado sexual imposible de ellas.
Hay que morir de amor para poder vivir ese amor.


C.M.



Cinnamon y Lucía
La mañana era para Lucía como un agua viva, la electrizaba y la ponía en corto circuito, pensó que su madre no entendía nada, esa señora le arruinaba la infancia. ¡Cómo se le ocurría decir que papá Noel no existía!, ahora le susurraba al oído que los unicornios tampoco existían y que eran un mito, bla, bla, bla.
Pensó, y qué si desde el cielo caen estrellas, todo era posible. Le encantaban los unicornios, tan hermosos y fuertes, volaban como ángeles blancos más allá de la imaginación de cualquiera, encandilaban al que los veía, desconocían las normas y corrían libres sin sentirse raros, esto último Lucía lo pensó, porque siempre se sentía rara entre la gente y en especial con a su madre.
Cinnamon la entendía, era incondicional y la quería tanto que se bebía su orina, aunque ella no se lo permitía, hacía todo lo que ella le pedía. Sabía que cuando un ratón hacía una prueba, se lo premiaba con algo de alimento, a ella no podía insultarla de ese modo, en cambio jugaban, la peinaba y le ponía sus aros de beauty.
Los pies de Lucía eran como dos libélulas agitadas, se desplazaban a saltitos sobre la arena caliente. Usaba un detector de metales para recorrer la playa encontrando tapitas de cervezas que eran un tesoro incalculable, las cambiaba por un helado, también encontraba anillos de metal dorado o hebillas de plenilunio.
Cuando se le ocurría buscar en la casa, por si había algo bajo el parqué, de pronto sonaba la risa del guasón o de Cruella de Vil, su mamá la ponía para molestarla y obligarla a cambiar de hábitos.
Se acordaba de la gorra de goma que usaba para nadar, tenía flores rojas en su borde, la quería porque se la había regalado su tía y le había dicho que era para protegerla de los horribles adultos que todo critican, lástima que terminó oliendo muy mal y la tiraron a la basura a pesar de sus quejas.
Sus padres decían que se iba a volver loca de tanto que quería sus cosas y de cómo se esmeraba en conseguirlas, una costumbre que desquiciaba a su madre.
Una mañana llevó la máscara de conejo-cerdo a la playa, se paseaba por allí gruñendo como un cerdito, repartía sus gomitas a todos, ni los niños las querían, tenían miedo, entonces en vez de gruñir decía miau, miau y eso les gustaba un poco más.
Cinnamon la acompañaba a hacer pis en el agua helada, se enfriaban tanto que reían hasta que les caían lágrimas confundiéndose con el agua salada, corrían a contar que ya eran parte del mar y festejaban comiendo churros.
 La playa era una máquina de imágenes, un día, y al otro era un teatro, semejante a un escenario fantástico donde podía desplegar su imaginación en el anonimato, se sentía libre. Todo era observación y saqueo, se abrían infinitas esferas del mundo donde deseaba quedarse a vivir.
Le gustaba extraviarse en el revoltijo de los cuerpos dorados y calientes, mezclados con arena y sol, también mates, bolsas con galletitas que Cinnamon buscaba sandalias y bolsos que encerraban un universo fantástico en su interior, libros, pintura, cremas, pañuelos vistoso, un mercado de pulgas a su alcance.
Vagaba sin límites asediada por el viento en la cara que la seguía a todas partes y la piel ardiendo por las caricias juguetonas del sol.
Contaba que un día, un hallazgo maravilloso alegró su día, era una estuita de San Roque y el dragón partida en dos, era muy bella e inquietante y se la llevó en su bolsa de los recuerdos, también había velas blancas partidas y ropa del mismo color, flotando en la espuma del mar.
-Mi madre escandalizada, dijo, tiró la estatua al mar, yo la volvía a juntar, luego en casa la pegué con plasticola y la tengo en una caja de playa que armé en mi biblioteca.
En el mar hay una luz, que nadie parece ver, Cinnamon y yo sí la veíamos, en secreto, nadie sabía que escondía un laberinto donde nos perdíamos y nos quedábamos con esa visión del mundo, inasible y aterradora, magnífica como una ciudad del alma, era un relato inconcluso de la realidad, cuando mi madre me escuchaba decir esto ponía los ojos en blanco.
Un día de esos nublados había una fiesta, un niño pequeño cumplía años, había banderines de colores, cometas y hamburguesas con tomatitos cherry, mirando al niño pensaba que era raro, sacudía sus manos sucias de arena sobre el rostro de los demás, se balanceaba todo el tiempo y hacía caminitos en la arena con los tomates, para luego pisarlos con gran alegría. Yo quería tener una madre como la de él que no le decía nada y no lo criticaba, Cinamon decidió no acercarse, lejos de él miraba el mar que iba y venía urgente, ofendido por no haber sido invitado, la espuma de su escándalo flotaba en el aire y nos pegaba en la cara, el viento era su compañero. Llevamos caramelos y los tiramos al mar, para que se le pasara el enojo, pero estaba desatado, huimos como culpables. Le conté a mamá que la fiesta de cumpleaños era la más fea que había visto, ella dijo – pero que chica más rara esta, en vez de divertirse-.
 Me prohibieron andar con Cinnamon, desde entonces comencé a ver una nena vestida de blanco, que se sentaba en mi cama, tenía un vestido de tul como una princesa. En la casa se declaró una tormenta de enojos y reproches, no me creían, no intenté convencerlos, tampoco yo estaba convencida de ella, quizás era una idea de una película que vi en la tele, pero en todo caso me sentía acompañada. Pensaron que llevando a una prima más pequeña a veranear con nosotros se me pasaría, la verdad es que no la registré y seguí viéndome con Cinnamon a escondidas.
Extasiada con el atardecer en la casi desierta playa armaba un castillo para mi niña vestida de tul blanco hablaba en voz baja, pero me escucharon y me mojaron en el mar con agua   hacerme reaccionar, no lloré, nada de eso, pensé en un bautismo, que traería alguna maravillosa idea, confiaba en mis premoniciones y me fui a dormir. El día siguiente y todos los que le siguieron, fueron la prueba de que solo bastaba proponerse algo para conseguirlo.
Fuimos a la playa como de costumbre y me dispuse a caminar juntando aguas vivas, a mí no me picaban, las llevaba en tiempo clavadas en un palo largo. Luego hacía un altar dedicado al dios del mar,
 Neptuno. Había leído eso en un libro de mitología robado de los estantes desordenados de la biblioteca de papá. Lo más hermoso era que cabalgaba sobre las olas, en caballos blancos, me imaginaba raptada por él, yendo a su castillo dorado en el fondo del mar y a mi madre llorando, porque quizás no volvería.
Como magia de circo apareció una tarde, un visitante de patas cortitas y pelo blanco, con la punta de sus dedos rizados. Comenzó a seguirme, -el azar existe-, decía mi tío, este seguidor era parecido al dragón blanco de La historia sin fin. Miré para ver si alguien acompañaba al enano, decidimos unir nuestra orfandad y seguimos caminando juntos. Visitamos una casa de juguete resguardada en un médano, pensé, el año que viene estará tapada por la arena. Le conté a mi acompañante que allí vivían dos gnomos muy simpáticos y les robamos flores rodeadas de insectos de azul plateado brillante, que nos comimos entre los dos. La mujer que vive con ellos agregué, florece en verano y se marchita en invierno.
Nos hicimos tan amigos que al volver le dije a mi madre –“El perro es mío, me lo regaló Neptuno el señor de los ojos dorados, porque le hice un altar. Debemos llevarlo con nosotros o una gran tragedia caerá sobre nuestra familia, tendremos que atravesar el pantano de la tristeza”. Mi madre lloró y se angustió, es una persona muy supersticiosa, las tinieblas estaban en su interior- Ella dijo algo que no entendí,” el amor es un arte imposible”, pero mi padre la convenció y llevamos al perro con nosotros.
A Cinnamón no le hizo gracia que le pusiera su nombre, me perdonó, pero ya no me visitó más, igual que la nena de los tules blancos.
C.M.


AGUAS VIVAS


Aguas Vivas
Contaba divertido que el único que lo había pasado mal en las vacaciones era él. Es el menor de la familia, su padre es un hombre de carácter difícil y así lo cría, no sabe lo que eso significa, solo lo dice.
Cuenta: fuimos al mar, no lo había visto nunca y le encantó, decía, me entregué a él, a las embestidas de su poder, su espuma, el frío quemaba mi piel.
 Era pequeño y pensaba que el mar le quería decir algo, el mar insistía en decir algo que no terminaba de decir, va y viene, balbuceaba.
 Nadie me había contado nada, en casa no se hablaba de esas cosas, papá planeaba y nos llevaba a donde él quería. Era una lucha convencerlo de que queríamos ir a otra parte o que deseábamos otra cosa. Diría que mi padre es caprichoso y duro, se parece a un personaje de novelas de detectives, es puro gesto displiciente. Mi hermana mayor decía “machista” y así dirimía sus conflictos con él.
Ese verano nos llevó a la playa, para mí todo era felicidad disconforme, es muy difícil cumplir las expectativas de los padre-.
 Él es un hombre conservador ¿el dinero?, no le gusta gastar en boludeces, o tenía como decía uno de mis tíos,” un cocodrilo en el bolsillo” Yo ligaba muchos retos, me afectaban pero me divertían.
 La relación con el dinero era un tema de inquietud y conversaciones constantes entre mis padres, lo vivían cada uno a su modo, papá era tacaño y mi madre pródiga, ella gastaba mucho, él guardaba, la explicación estaba en su historia personal.
Lo que voy a contar no es inusual, tampoco pretendo que sea original, solo voy a contarlo para pensarlo de nuevo y reírme, ahora me divierto con los recuerdos, ya que en ese momento nada fue gracioso.
Por la mañana íbamos a la playa, el plan era quedarnos todo el día, el cielo era claro, sencillo, había gente por todos los huecos posibles, múltiples segmentos corporales se ofrecían a la exposición solar, algunos dorados y otros tan lechosos que daban pena, el aroma a bronceador, me encantaba, pero llegaba a producirme nauseas.
Sobre la franja de arena se encontraban implementos de torturas para los moluscos, todos buscaban algún bichito debajo de una burbuja con la ilusión de llenar un balde para la cena, algo muy improbable decía mi padre, muy escéptico. Palitas, baldes, pelotas y perros inundaban las ondulaciones del manto de arena blanca. Las olas no abandonaban su furor espumoso y todos chapoteaban en ellas.
Yo me aboqué a mi actividad preferida, a saborear los sánwiches que mamá había preparado. Pronto me adapté al agua helada de nuestra costa, temblaba y mis labios se ponían morados, sin quejas volvía, repetía mis zambullidas, mis incursiones no eran profundas pues no sabía nadar. Seguía a mis hermanos mayores, designados por mi padre para cuidarme y cumplían a su antojo, lo que es decir “ni me miraban”, no existía para ellos, me dejaban hacer libre de custodia y ellos en lo suyo. En especial mi hermano mayor, que siempre parecía tener asuntos más valiosos entre manos y no podía perder el tiempo conmigo.
Con la repetición de los hábitos familiares, me he dado cuenta que mi hermano no fingía, él estaba en otra frecuencia, su cuerpo con nosotros y su mente en otro mundo. A veces cuando recordamos estas cosas o historias del pasado en reuniones divertidas, él dice “no me acuerdo, no es cierto eso que cuentan, son unos farsantes, inventan cualquiera” como si no guardara registro de la infancia.
Así andaba yo, suelto como un ave que rondaba la costa en busca de alimento, pequeñas cosas, alimento para la imaginación.
Mi vuelo era corto, planeaba bajo, temía perder de vista a la familia y luego lamentarlo, ellos no recordaban que yo existía. Me resigné a ser el hermano menor, el hincha llorón, el no deseado que irrumpe en la vida de los demás y les quita la tranquilidad de sus espacios, el que monopoliza a la madre, ya solo por eso me odiaban, madre me adoraba.
La malla no me gustaba, era inusualmente larga, de colores fuertes, me la había regalado mi madrina, ni soñar que me comprarían otra, fue parte de ese verano inolvidable. Me incomodaba para introducirme en el mar, la sensación era que me trababa o me frenaba, pero la queja era en silencio. El agua se embolsaba en ella y debía atar el cordón de la cintura a cada momento, se me caía un poco, nadie advertía mis tribulaciones, esto me sugería la idea de que era una maña mía, una fobia a esa malla colorinche.
Que simple era la vida y que complejo el pensamiento, aun cuando se trataba de algo sencillo como una malla, recuerdo sentirme por momentos muy desgraciado con ese tema, pensando que mis padres no me amaban, por no darse cuenta y ayudarme.
Las relaciones dentro de la familia no eran fáciles, con mi padre se duplicaba la dificultad, él era un hombre fuerte y autosuficiente, pretendía que yo también lo fuera, nunca nada le salía mal, nunca derramaba el jugo o se le caía el sanwich en la arena, podía ponerse muy nervioso con mis problemas, creo que era injusto, conmigo. Intentaba formarme con rigor por ser el más pequeño, temía que mi madre me criara blando, siempre lo dejaba entrever cuando hablaban, decía que el hombre debe ser enérgico, él lo era. Era permanente su llamado de atención cuando lloraba con mi madre, o ella me abrazaba mucho, él estaba en desacuerdo y consideraba que me sobreprotegía y arruinaba su trabajo de padre.
La mañana me daba hambre y con chapuzones de por medio pedía cosas para masticar, me mandaban a jugar, decían “y no aparezcas por un rato, no te quiero escuchar pedir nada”.
 Me iba entonces a agujerear la arena con impudor vengativo, buscaba algún tesoro escondido de las miradas y ser el beneficiario de aventuras o encuentros con la fortuna, que no solo podía ser de mis primos, ellos siempre encontraban cosas enterradas en la arena y de burlaban de mí.
El sol se apoderaba de mi piel, sentía que se estiraba cuando se secaba el agua yodada, me ardía la espalda, me mojaba y ponía la toalla arriba de la cabeza como un manto, mientras, escribía para el olvido sobre los rastros de miles de pisadas, o hacía intentos ridículos de constructor de castillos con foso, puentes y agua que terminaban aplastados por algún pie adulto desconsiderado, en esa época no tenía ninguna idea de que iba a estudiar arquitectura en el futuro.
Que suerte que los niños somos un poco loquitos y no advertimos todo lo que pasa a nuestro alrededor, somos ignorantes de las vicisitudes, no registramos a los adultos como ellos a nosotros, eso nos ayuda a no sufrir la realidad insoportable. Por momentos lo cierto es que los adultos no nos importan, en tanto nos dejen en paz.
Vi que mi hermana estaba parada a la orilla y corría cada vez que las olas venían hacia ella, ese juego de la buena pipa del que no se cansan generaciones de humanos. Decidí que iría a acompañarla, aunque podía adivinar sus palabras “andáte pesado”.
Me acerqué y ella decidió abruptamente correr mar adentro, emitiendo pequeños gritos de sorpresa por lo fresco del agua. Yo la seguí, se internó un poco más y el agua me llegaba a la cintura, la malla me forzaba hacia abajo. De pronto una ola me levanta sin sospechar cuál sería mi destino, la desventura debe ser así, en un instante se pierde la tierra, un remolino de agua en mi boca, mis ojos se nublan, los oídos repiten el sonido del mar y retumban en mi cerebro ¡estoy, muy asustado!
No termina la odisea, siento que me arrastra y golpeo la cabeza contra algo, manoteo el aire ¡el líquido me odia!. Soy una esponja, las esporas de mi cuerpo han permitido que todo entre en él, que el agua me traspase, comunicando el adentro y el afuera de esa bolsa de huesos miserable que quedó tendida en la playa, bajo la mirada de un dios que nos muestra la caída del paraíso. En esa orilla, que podía ser salvadora miré al cielo y entreví el cerco amarillo, destello solar que anunciaba más calamidades.
Pronto estuve rodeado de esos fantasmas transparentes, blancos, acuosos, esféricos, que despiertan terrores de niños y adultos. Las aguas vivas, surcaban muy orondas por mis brazos, jugueteaban con mi calor, se asustaban y electrizaban al contacto, acariciaban mi piel erizada de terror. ¿Grito o me parece que eso es lo que hago?, lloro, creo.
Todos corren, los brazos de mi padre me sacan del agua, me paran de golpe, me pega en la cara un golpecito para hacerme reaccionar y me mira, la intensidad de esa mirada será eterna para mí.
Su mirada me espabila y cuando advierte que estoy consciente me dice “silencio, los hombres no lloran”. Mi voz se pierde en la tarde, en el murmullo indiferente de miles de pupilas, de bocas que comen, que ríen, que fuman, disfrutando de un espectáculo en lo absurdo del día de playa. Testigos de mi bochorno.
Mis brazos están rojos y arden, nadie orinó en ellos, ahora se sabe que eso calma el dolor, no sé si lo hubiera entendido. No, a mí no me calmaron nada, debí sufrirlo como un mártir en la hoguera, miraba al cielo y pedía clemencia.
Si ustedes creen que el evento provocó alguna reacción protectora, o que decidieron volver al departamento para ponerme algo y aliviarme, no se equivoquen, no es así como mi padre nos formó, seguimos en la playa y aquí no ha pasado nada, las cosas cotidianas que ya no cambiarían nunca.
Esta es la sórdida lectura de los hechos, y para mí, debo decirlo ¡nunca el olvido de tal aventura será voluntario!
C.M.