martes, julio 07, 2020


Cinnamon y Lucía
La mañana era para Lucía como un agua viva, la electrizaba y la ponía en corto circuito, pensó que su madre no entendía nada, esa señora le arruinaba la infancia. ¡Cómo se le ocurría decir que papá Noel no existía!, ahora le susurraba al oído que los unicornios tampoco existían y que eran un mito, bla, bla, bla.
Pensó, y qué si desde el cielo caen estrellas, todo era posible. Le encantaban los unicornios, tan hermosos y fuertes, volaban como ángeles blancos más allá de la imaginación de cualquiera, encandilaban al que los veía, desconocían las normas y corrían libres sin sentirse raros, esto último Lucía lo pensó, porque siempre se sentía rara entre la gente y en especial con a su madre.
Cinnamon la entendía, era incondicional y la quería tanto que se bebía su orina, aunque ella no se lo permitía, hacía todo lo que ella le pedía. Sabía que cuando un ratón hacía una prueba, se lo premiaba con algo de alimento, a ella no podía insultarla de ese modo, en cambio jugaban, la peinaba y le ponía sus aros de beauty.
Los pies de Lucía eran como dos libélulas agitadas, se desplazaban a saltitos sobre la arena caliente. Usaba un detector de metales para recorrer la playa encontrando tapitas de cervezas que eran un tesoro incalculable, las cambiaba por un helado, también encontraba anillos de metal dorado o hebillas de plenilunio.
Cuando se le ocurría buscar en la casa, por si había algo bajo el parqué, de pronto sonaba la risa del guasón o de Cruella de Vil, su mamá la ponía para molestarla y obligarla a cambiar de hábitos.
Se acordaba de la gorra de goma que usaba para nadar, tenía flores rojas en su borde, la quería porque se la había regalado su tía y le había dicho que era para protegerla de los horribles adultos que todo critican, lástima que terminó oliendo muy mal y la tiraron a la basura a pesar de sus quejas.
Sus padres decían que se iba a volver loca de tanto que quería sus cosas y de cómo se esmeraba en conseguirlas, una costumbre que desquiciaba a su madre.
Una mañana llevó la máscara de conejo-cerdo a la playa, se paseaba por allí gruñendo como un cerdito, repartía sus gomitas a todos, ni los niños las querían, tenían miedo, entonces en vez de gruñir decía miau, miau y eso les gustaba un poco más.
Cinnamon la acompañaba a hacer pis en el agua helada, se enfriaban tanto que reían hasta que les caían lágrimas confundiéndose con el agua salada, corrían a contar que ya eran parte del mar y festejaban comiendo churros.
 La playa era una máquina de imágenes, un día, y al otro era un teatro, semejante a un escenario fantástico donde podía desplegar su imaginación en el anonimato, se sentía libre. Todo era observación y saqueo, se abrían infinitas esferas del mundo donde deseaba quedarse a vivir.
Le gustaba extraviarse en el revoltijo de los cuerpos dorados y calientes, mezclados con arena y sol, también mates, bolsas con galletitas que Cinnamon buscaba sandalias y bolsos que encerraban un universo fantástico en su interior, libros, pintura, cremas, pañuelos vistoso, un mercado de pulgas a su alcance.
Vagaba sin límites asediada por el viento en la cara que la seguía a todas partes y la piel ardiendo por las caricias juguetonas del sol.
Contaba que un día, un hallazgo maravilloso alegró su día, era una estuita de San Roque y el dragón partida en dos, era muy bella e inquietante y se la llevó en su bolsa de los recuerdos, también había velas blancas partidas y ropa del mismo color, flotando en la espuma del mar.
-Mi madre escandalizada, dijo, tiró la estatua al mar, yo la volvía a juntar, luego en casa la pegué con plasticola y la tengo en una caja de playa que armé en mi biblioteca.
En el mar hay una luz, que nadie parece ver, Cinnamon y yo sí la veíamos, en secreto, nadie sabía que escondía un laberinto donde nos perdíamos y nos quedábamos con esa visión del mundo, inasible y aterradora, magnífica como una ciudad del alma, era un relato inconcluso de la realidad, cuando mi madre me escuchaba decir esto ponía los ojos en blanco.
Un día de esos nublados había una fiesta, un niño pequeño cumplía años, había banderines de colores, cometas y hamburguesas con tomatitos cherry, mirando al niño pensaba que era raro, sacudía sus manos sucias de arena sobre el rostro de los demás, se balanceaba todo el tiempo y hacía caminitos en la arena con los tomates, para luego pisarlos con gran alegría. Yo quería tener una madre como la de él que no le decía nada y no lo criticaba, Cinamon decidió no acercarse, lejos de él miraba el mar que iba y venía urgente, ofendido por no haber sido invitado, la espuma de su escándalo flotaba en el aire y nos pegaba en la cara, el viento era su compañero. Llevamos caramelos y los tiramos al mar, para que se le pasara el enojo, pero estaba desatado, huimos como culpables. Le conté a mamá que la fiesta de cumpleaños era la más fea que había visto, ella dijo – pero que chica más rara esta, en vez de divertirse-.
 Me prohibieron andar con Cinnamon, desde entonces comencé a ver una nena vestida de blanco, que se sentaba en mi cama, tenía un vestido de tul como una princesa. En la casa se declaró una tormenta de enojos y reproches, no me creían, no intenté convencerlos, tampoco yo estaba convencida de ella, quizás era una idea de una película que vi en la tele, pero en todo caso me sentía acompañada. Pensaron que llevando a una prima más pequeña a veranear con nosotros se me pasaría, la verdad es que no la registré y seguí viéndome con Cinnamon a escondidas.
Extasiada con el atardecer en la casi desierta playa armaba un castillo para mi niña vestida de tul blanco hablaba en voz baja, pero me escucharon y me mojaron en el mar con agua   hacerme reaccionar, no lloré, nada de eso, pensé en un bautismo, que traería alguna maravillosa idea, confiaba en mis premoniciones y me fui a dormir. El día siguiente y todos los que le siguieron, fueron la prueba de que solo bastaba proponerse algo para conseguirlo.
Fuimos a la playa como de costumbre y me dispuse a caminar juntando aguas vivas, a mí no me picaban, las llevaba en tiempo clavadas en un palo largo. Luego hacía un altar dedicado al dios del mar,
 Neptuno. Había leído eso en un libro de mitología robado de los estantes desordenados de la biblioteca de papá. Lo más hermoso era que cabalgaba sobre las olas, en caballos blancos, me imaginaba raptada por él, yendo a su castillo dorado en el fondo del mar y a mi madre llorando, porque quizás no volvería.
Como magia de circo apareció una tarde, un visitante de patas cortitas y pelo blanco, con la punta de sus dedos rizados. Comenzó a seguirme, -el azar existe-, decía mi tío, este seguidor era parecido al dragón blanco de La historia sin fin. Miré para ver si alguien acompañaba al enano, decidimos unir nuestra orfandad y seguimos caminando juntos. Visitamos una casa de juguete resguardada en un médano, pensé, el año que viene estará tapada por la arena. Le conté a mi acompañante que allí vivían dos gnomos muy simpáticos y les robamos flores rodeadas de insectos de azul plateado brillante, que nos comimos entre los dos. La mujer que vive con ellos agregué, florece en verano y se marchita en invierno.
Nos hicimos tan amigos que al volver le dije a mi madre –“El perro es mío, me lo regaló Neptuno el señor de los ojos dorados, porque le hice un altar. Debemos llevarlo con nosotros o una gran tragedia caerá sobre nuestra familia, tendremos que atravesar el pantano de la tristeza”. Mi madre lloró y se angustió, es una persona muy supersticiosa, las tinieblas estaban en su interior- Ella dijo algo que no entendí,” el amor es un arte imposible”, pero mi padre la convenció y llevamos al perro con nosotros.
A Cinnamón no le hizo gracia que le pusiera su nombre, me perdonó, pero ya no me visitó más, igual que la nena de los tules blancos.
C.M.


"El Ojo"

  El ojo El día plomizo enajenaba su vista, fruncía el entrecejo y entornaba los ojos, el verde desbordaba los parques.  Cruzó la calle rumb...