martes, agosto 11, 2020

El refugio

Sin tener ninguna experiencia de la muerte le vi los pies y sembró en mi tal confusión que para no temerla comencé a amarla.

Contaba yo con  ocho años, nunca se había hablado en mi casa sobre ese acontecimiento que descubrí sin apronte, nadie de mi familia había muerto o al menos a mí me lo habían ocultado. No estaba exento de angustias, pues mis padres se llevaban de terror, la  casa podía ser un cuadrilátero en cualquier momento del día. Contiendas donde nadie y todos perdíamos, yo mi infancia y mi hermana confianza. Un costo altamente recomendable para que la muerte viniera a tentarme. 

Empecé a interesarme en el tema y leía todo cuanto caía en mis manos, nadie se enteraba de nada y yo hacia mis estudios nefastos.  Las lecturas alteraban profundamente mis percepciones, la imaginación corría en pos de más historias y leía situaciones experimentadas por otros. Mi hermana  dormía en mi cuarto y nunca se enteró, ocultaba mis inmersiones en un submundo  secreto. 

Los sueños se repetían, me levantaba en una semi- conciencia y respiraba con dificultad, el temor mordía mis noches y mi cuerpo todo, sufría alteraciones, palpitaciones, sudaba frío. Debía morder mis manos para no gritar ante las percepciones falsas que se me suscitaban.

En internet encontraba lugares horrendos, donde la gente iba a morir, agonizar o sufrir el dolor de la soledad. También fotografías con cadáveres de famosos fotógrafos, Witkin era mi favorito,la oscuridad, la falta de entendimiento de lo que veía me provocaba llanto, que ahogaba en las sábanas. Más nada de esto fue visto u oído. En el colegio hablaba con mis amigos, sumidos en un pacto de silencio, extremábamos nuestras observaciones para no ser descubiertos.

Una noche en que mis padres habían salido, decidí probar una experiencia que me llevara a ese estado de inconsciencia que deseaba. Poder dominar mi cuerpo y evadirme en los momentos que yo quisiera, no ver, ni oír a mis padres en su repetición  gozosa de pleitos individuales, acusaciones, burlas. Pensaba en cuál sería la manera de perderme, desaparecer por un rato. Me hallaba cada vez más solo, pues mi hermana salía mucho, para no sufrir igual que yo, por su edad eso era posible, pero en mí no lo era, debía compartir el amor de mis padres que a duras penas se acordaban de mi. 

Mi vida se había reducido a nada, sin placer por estar con amigos, sin familia y sin contención, mis padres discapacitados de amor y tampoco se esforzaban, en mi caso había perdido la noción de la realidad de un niño, me sentía viejo y desahuciado. 

Descubrí que el placard podía ser un lugar seguro, ahí me refugiaba durante las peleas, eso era lo que necesitaba para mis experiencias.Busqué la llave para encerrarme en él, me aseguré  cuidadosamente que la perilla fuera resistente y cuando mis padres partieron, me encerré en ese oscuro lugar, para ejecutar mi acto de fuga.

La corbata de papá aguantó, la perilla también. Y  acá estoy, en una cama de sanatorio, en coma y lúcido. Veo a mi familia ir y venir todos los días, a toda hora, a visitarme, a leerme, a besarme, me tocan, me acarician, rezan. 

Creo que lo he logrado, si no fuera que como7 solución es un poco extrema.

C.M.


"El Ojo"

  El ojo El día plomizo enajenaba su vista, fruncía el entrecejo y entornaba los ojos, el verde desbordaba los parques.  Cruzó la calle rumb...