El Legado
El único mueble de mi madre al que podía
acceder sin que me reprendiera por inmiscuirme en cosas ajenas, era la alacena
que estaba ubicada en un costado de la cocina.
Mi
afición por los lugares cerrados provenía de una vocación por el secreto y el disimulo, aprendido tempranamente. Estrategias que mis padres
practicaban y se desviaban de los fines que perseguían.
Pensaba
que los muebles prohibidos de mis padres eran mi heredad, me obligaban a elegir
en ese territorio en que guardaban objetos siniestros, me era indiferente a
cuál podía acceder siempre que fueran de ellos.
Introducirme a los lugares más recónditos de
esos muebles vedados, significaba un viaje seductor y fantástico a lo
desconocido. Para mi encubría una traición.
Según
antiquísima costumbre mamá ponía sus cosas en cajas, cofres, compartimentos, y
mucha veces envolvía cosas valiosas en medias que eran descartadas del uso.
La
prohibición resultaba un acicate mayúsculo para mi imaginación, desenfrenada,
en aquella época. Creía captar en aquellos fragmentos de su existencia, la
esencia de mis seres queridos, sus secretos y los misterios que encerraba la
vida de estas personas a las que amaba y temía.
Si
encontraba algún nuevo calcetín enrollado con cosas en su seno la respiración
se me ponía frenética, me latía el corazón y podía sentir adrenalina surcando
los canales de mis venas.
A distancia de aquellas incursiones ilícitas yo salía más proclive a fantasear historias, y con una sensibilidad
nerviosa surgida de esa heroicidad.
Me
convertí en una apóstata de los lugares sagrados de la familia, a nadie se le
escapaba que allí nuestros progenitores escondían dinero, joyas o secretos que
merecían ser ocultados.
En
plano de descubrir, un libro muy gordo llamó mi atención. Un día descubrí a mi
madre mostrándole aquel libro a una amiga y no me pasó desapercibido el aire de
conspiración con que lo hacía, la provocación me llevaba a crear mundos
insensatos que ansiaba conocer y transitar. En su portada se divisaba un cuerpo
humano en su interioridad, la tapa transparente dejaba al descubierto lo
prohibido, abrirlo significaba un
castigo severo del cual me fue imposible
tener perspectiva alguna.
Planee
con astucia y sin compartir, característica mía en la infancia, sacar aquel
libro de su guarida, pues barruntaba que en sus hojas, muchas por cierto, debía
encontrar magia y fabulosos secretos, la seguridad me asistía como una amiga
silenciosa.
Comenzaba
una etapa, en que la principiante que era en estos menesteres se iba
complejizando, para transformarme en la reina de las atisbadoras.
Recuerdo
la primera vez en que el libro salió de su ostracismo, si su peso se hubiera
convertido en oro hubiera me hubiera enriquecido, y hubiera importado menos que
la suma de todas sus hojas. Estas eran finas, algunas de suave transparencia y
con abundantes grabados, coloridos, inexplicables a mis ojos, sin que por eso
perdiera el máximo valor asignado al descubrimiento.
Me
sentía proclive a divulgar mis conocimientos y así convertirme en un
portento de saber, pues advertía que allí, entre esas páginas estaba la verdad
que los adultos negaban a nuestra curiosidad. Pero aquella profanación al
vientre de los muebles de mis padres sería menos valorada, que castigada, callé
entonces en orden de una previsión
intuída, más que sabida.
El
mueble que contenía el libro en cuestión iba rodeándose de un aire malsano,
pues entendía que cada incursión en su interior significaba la pérdida de la fe
de mi madre en mí, aún así introducía mi mano hasta encontrarlo entre la ropa
de invierno. El tacto se regodeaba en esa búsqueda voluptuosa, reconociendo las
distintas prendas que lo rodeaban su delicadeza, la dulzura de la angora, o de
la seda en las enaguas de mi madre, de calor y protección, a medida que me
acercaba a él sentía haber recorrido un túnel privado. A veces por el grado de
ansiedad que desplegaba, con la premura que me era habitual, no lo encontraba y
sospechaba con odio que mis padres lo habían sacado del lugar para mi pesar.
Desarrollé ver con mis oídos, cualquier ruido
era una visión de quien se acercaba, esta operación tuvo que ser pagada con una
pérdida. La llegada de mi padre me era advertida por los ruidos producidos por
las llaves que colgaban de su cinturón, me hacían visualizar cada lugar que
recorría antes de que llegara a la habitación para cambiarse de ropa.
Presenciaba
sin saberlo el fin de mi inocencia y la
prohibición había sido quien lo hiciera posible, ya no encontraba más magia en
otras cosas que no fueran las que necesitaran de mi atrevimiento.
Poco
importante fue el hecho de que aquel libro solo se tratara del cuerpo humano
sin velos, órganos internos y externos que nunca había visto con tanta
verosimilitud, la historia de la humanidad en sus órganos no despertaron en mí
más que indiferencia, pero las sensaciones sufridas para llegar hasta él
marcaron una vía facilitada para sentir.
Había diferido y luego obtenido un placer
espurio por espiar las cosas de otros.
II
Con
la exactitud de quien conoce el
derrotero, me apliqué al caos de los cajones de mi padre donde se acumulaban
objetos de todo tipo, producto de
excursiones por la ciudad y sus viajes. Motivado por un coleccionismo
atípico, no le habitaba un deseo de completud, sino el hecho de que fuera en
el mejor de los casos, perfectible. De este modo tampoco incorporaba las piezas a un espacio
ordenado y artificioso para lucirlas.
Esta
práctica me exigía veneración y sacrificios, porque lentamente había dejado de
jugar con los niños de la casa, para volverme una solitaria que valoraba más la
soledad donde podía pensar en aquello descubrimientos.
Aquel
hombre, mi padre, pensaba que todo lo
que se encerraba vivía por más tiempo, cualquier cosa que le resultaba interesante
justificaba suspender su circulación.
Nunca supo que compartíamos el placer por lo
oculto, y que mi goce era renovar lo antiguo mediante su posesión; y esto fue
convirtiéndose en el motivo de mi propia
colección que poco a poco había ido amontonándose en los cajones y muebles de
mi habitación, transformándome en una especie de sucedáneo de mi padre, quien
una vez desaparecido dejó a mi cuidado todos sus tesoros.
Abrir
aquellas cajas a la luz del sol, le hubieran hecho perder su maravilla, no suscitarían
la misma sensación que en el pasado, en la oscuridad de su habitación, y no
porque hubiera conocido su contenido, sino porque habrían perdido su condición
de arrebato de mi alma.
Sabía que allí se encontraba un tesoro de
valor incalculable, consistente en el coleccionismo de inutilidades como,
monedas de plata, billetes antiguos, fotos antiguas, biromes con una bailarina
en su interior sumergida en un líquido que si se lo mecía se quedaba sin ropa, juguetes a cuerda que
ejecutaban diferentes movimientos, estiletes regalados o comprados en sus
viajes, pelotas de colores con animales en su interior, lápices y gomas de
diferentes diseños y colores, linternas pequeñas, y cuanta curiosidad había
pasado por sus manos durante su larga vida.
Una
colección sin orden ni ley, de haber sido posible una clasificación, hubiera
significado la destrucción de un tesoro mítico perteneciente a lo menos
conocido de mi padre. Ese lado oscuro que aún permanece intacto y guardado en
sus cajas.
A
veces, me siento compelida a desplegar la heterogénea fila de objetos, a escondidas
de todos, que a medida que se van descubriendo, conforman un piélago sobre el
piso de la habitación y despiertan mi reverencia y pavor.