sábado, agosto 03, 2019


El Legado I

    El único mueble de mi madre, al que podía acceder sin que me reprendiera por inmiscuirme en cosas ajenas, era la alacena que estaba ubicada en un costado de la cocina, allí guardaba los dulces.
Yo sentía afición por los lugares cerrados provenía de una vocación por el secreto y el ocultamiento, lo había aprendido tempranamente de mis padres que practicaban esas estrategias que se desviaban de los fines que perseguían.
Pensaba que los muebles prohibidos de mis padres eran mi heredad, me obligaba a elegir de esa herencia por el atractivo que poseía para mis ojos curiosos. Pensaba que guardaban objetos siniestros, me era indiferente a cuál podía acceder, siempre que fueran de ellos.
 Introducirme en los lugares más recónditos de esos muebles vedados, significaba un viaje seductor y fantástico a lo desconocido. Para mi encubría una traición. 
Según antiquísima costumbre mamá ponía sus cosas en cajas, cajitas, compartimentos, y en medias que eran descartadas del uso.
La prohibición resultaba un acicate mayúsculo para mi imaginación, desenfrenada, en aquella época. Creía captar en aquellos fragmentos de su existencia, la esencia de mis seres queridos, sus secretos y los misterios que encerraba la vida de estas personas, a las que amaba, temía y por alguna razón traicionaba su confianza.
Si encontraba algún nuevo calcetín enrollado con cosas en su seno, la respiración se me ponía frenética, me latía el corazón y podía sentir adrenalina surcando los canales de mis venas, sin saber que era.
A la distancia de aquellas incursiones vedadas, yo salía más proclive a fantasear historias, y con una sensibilidad nerviosa surgida de esa heroicidad.
Me convertí en una apóstata de los lugares sagrados de la familia, a nadie se le escapaba que allí, nuestros progenitores, escondían dinero, joyas o secretos que merecían ser ocultados.
En plano de descubrir, un libro muy gordo llamó mi atención. Descubrí a mi madre mostrándole aquel libro a una amiga y no me pasó desapercibido el aire de conspiración con que lo hacía. La provocación me llevaba a crear mundos insensatos que ansiaba conocer y transitar. En su portada, se divisaba un cuerpo humano en su interioridad, la tapa transparente dejaba al descubierto lo prohibido, abrirlo significaba un castigo severo del cual me fue imposible tener perspectiva alguna.
Planee con astucia y sin compartir, característica horrible que me poseía en la infancia, sacar aquel libro de su guarida. Presentía que sus hojas,muchas por cierto, me revelarían magia y fabulosos secretos, la seguridad me asistía como una amiga silenciosa.
Comenzaba una etapa, en que la principiante que era en estos menesteres iba complejizándose, para transformarme en la reina de las atisbadoras.
Recuerdo la primera vez en que el libro salió de su ostracismo, si su peso se hubiera convertido en oro, me hubiera convertido en rica, en tanto que la fortuna fue otra, por eso importó más que la suma de todas sus hojas. Estas eran finas, algunas de suave transparencia y con profusión de grabados coloridos, inexplicables a mis ojos, sin que por eso perdiera el máximo valor asignado al descubrimiento.
Me sentía proclive a divulgar mis nuevos conocimientos y así convertirme en un portento de saber, pues advertía que allí, entre esas páginas, estaba la verdad que los adultos negaban a nuestra curiosidad. Pero aquella profanación al vientre de los muebles de mis padres sería menos valorada, que castigada, callé entonces en orden de una previsión intuida, más que inteligente.
El mueble que contenía el libro en cuestión iba rodeándose de un aire malsano, pues entendía que cada incursión en su interior significaba la pérdida de la fe de mi madre en mí, aun así introducía mi mano hasta encontrarlo entre la ropa de invierno.
El tacto se regodeaba en esa búsqueda voluptuosa, reconociendo las distintas prendas que lo rodeaban, su delicadeza, la dulzura de la angora, o de la seda en las enaguas de mi madre, de calor y protección. A medida que me acercaba a él sentía el perfume de mi madre envolviendo todo, era como recorrer un túnel privado. Usualmente por el grado de ansiedad que desplegaba, con la premura que me era habitual, no lo encontraba y sospechaba con odio que mis padres lo habían sacado del lugar para mi pesar.
Veía con mis oídos, cualquier ruido era una visión de quien se acercaba, esta operación tuvo que ser pagada con una pérdida.
La llegada de mi padre me era advertida por los ruidos producidos por las llaves que colgaban de su cinturón, me hacían visualizar cada lugar que recorría antes de llegar a la habitación para cambiarse de ropa.
Presenciaba sin saberlo el fin de mi inocencia, la prohibición lo había hecho posible, ya no encontraba magia en otras cosas, salvo en las que necesitaran de mi atrevimiento.
Poco importante fue el hecho, de que aquel libro, tratara sobre el cuerpo humano sin velos, órganos internos y externos que nunca había visto con tanta verosimilitud. La historia de la humanidad y sus órganos, no despertaron en mí más que indiferencia, pero las sensaciones para llegar hasta él marcaron una vía facilitada para el futuro.
 había diferido y luego obtenido un placer espurio por espiar las cosas de otros.
Comprendo hoy: "Basta que sea irracional un solo niño para que otros lo sean y para que lo sea el universo". La historia universal abunda en confirmaciones de ese temor.

II
Con el tiempo y la exactitud de quien conoce el derrotero, me apliqué al caos de los cajones de mi padre donde se acumulaban objetos de todo tipo, producto de excursiones por la ciudad y sus viajes, enriqueciendo la tendencia que se había apoderado de mi espíritu.
Motivado por un atípico acopio, no le habitaba un deseo de completud, sino el hecho de que fuera en el mejor de los casos, perfectible. De este modo, tampoco incorporaba las piezas a un espacio ordenado y artificioso para lucirlas.
Esta práctica, me exigía veneración y sacrificios, porque lentamente había dejado de jugar con mis hermanos, para volverme una solitaria que valoraba mis espacios, donde podía pensar en aquellos descubrimientos.
Aquel hombre, mi padre, pensaba que todo lo que se encerraba vivía por más tiempo, cualquier cosa que le resultaba interesante, justificaba suspender su circulación.
 Nunca supo, que compartíamos el placer por lo oculto, y que mi goce era renovar lo antiguo mediante su posesión. Esto fue convirtiéndose en el motivo de mi propia colección, que poco a poco había ido amontonándose en los cajones y muebles de mi habitación, transformándome en una especie de sucedáneo de mi padre.
Cuando él desapareció dejó toda su colección, de los cual me apropié.
Abrir aquellas cajas a la luz del sol, le hubieran hecho perder su maravilla, no suscitarían la misma sensación que en el pasado en la oscuridad de su habitación, no porque hubiera conocido su contenido, sino porque habrían perdido su condición de arrebato de mi alma.
 Sabía que allí se encontraba un tesoro de valor incalculable, para mí, consistente en una colección de inutilidades como, monedas de plata, billetes antiguos, fotos antiguas, biromes con una bailarina en su interior sumergida en un líquido que si se lo mecía  se quedaba sin ropa, juguetes a cuerda que ejecutaban diferentes movimientos, estiletes regalados o comprados en sus viajes, pelotas de colores con animales en su interior, lápices y gomas de diferentes diseños y colores, linternas pequeñas, y cuanta curiosidad había pasado por sus manos durante su larga vida, una colección sin orden ni ley.
De haber sido posible una clasificación, hubiera significado la destrucción del mito perteneciente a lo menos conocido de mi padre. Ese lado oscuro, que aún permanece intacto y guardado en sus cajas.
A veces, me siento compelida a desplegar la heterogénea fila de objetos, a escondidas de todos.
A medida que se van descubriendo, conforman un piélago sobre el piso de la habitación y despiertan mí, reverencia y pavor.
C.M.


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domingo, abril 08, 2018

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "LA CAZA" DE CECILIA MAIDANA EN "EL CABURÉ", librería en San Telmo.

 CECILIA MAIDANA, firmando su libro " La Caza"


MARTÍN HEER, FOTÓGRAFO, MI HIJO.


Shavi Alí, Dorotea y su nieta.



Cecilia, Anibal Villa Segura, Liliana Heer.

Cecilia, Liliana, Macarena, Aníbal.


Presentadores del libro "La CAZA",  Liliana Heer y Aníbal Villa Segura, con la autora,y la musicalizadora de la lectura.


Cari Weber, Nacho Weber y su señora, con la hijita de ambos.
Macarena y Tristana Muraro.


EN "CURA MALAL" EL ARTE DE LA VIDA SE DA CITA.

MERCEDES RESCH UNA GRAN MUJER, ARTISTA PLÁSTICA, COMUNICADORA, HACEDORA DE PROYECTOS DE ARTE. HA PUESTO A SU PUEBLO CURA MALAL EN BOCA DE TODOS.
CONVOCA A ARTISTAS A SU ESPACIO PARA QUE CREEN EN ESE AMBIENTE RODEADO DE PAZ Y NATURALEZA. 
lA TRANCA
LA TRANCA CURA MALAL, BAR, GALERÍA DE ARTE, PROPIEDAD DE MERCEDES RESCH
RAÚL BARRAGÁN, DOMADOR Y ARTISTA SOGUERO.
Añadir leyenda
LEYENDA EN FAMILIA DE DOMADORES DE CABALLOS.
DOMADOR CON SUS INSTRUMENTOS DE TRABAJO.
JUANA EN SU CASA ALMACÉN, HERMOSA Y GENEROSA CON SUS PALABRAS.

LOS ANIMALES SON PROTAGONISTAS
LOS GANSOS SON PAREJAS FIELES Y COMPAÑEROS.
TÍMIDAS Y HUIDIZAS, RECORREN LAS CALLES Y DAN TERNURA.
MERCEDES RESCH PASEA SUS VACAS AMIGAS.
LOS CABALLOS SON MUY RESPETADOS, LOS LUGAREÑOS SE DEDICAN A LA DOMA Y AMAN SUS TRADICIONES.
ALBOROTADORAS AMIGAS ALADAS, PICOTEANDO TODO LO QUE ENCUENTRAN, VAN GRUPETE SIEMPRE Y CON ALGÚN GALLITO MACHISTA.
ESTE GUSANITO TAMBIÉN ES PROTAGONISTA.