miércoles, julio 08, 2020

POESÍA: "El Río"

Quieta mi alma siente el ensordecedor rumor del agua del río correr, mientras descanso en la quietud de un cuerpo anestesiado, escucho sus aguas pasando de la eternidad al ahora.
 Que inefable hilo une nuestros caminos, adonde llega el, y adonde llegare yo,  reposaré en tus meandros?
 Enfriará mi cuerpo tu salvaje beso y cuantas veces fui besada sin escuchar tu canto. 
Baña mis muslos, besa mi sexo,deja tu residuo en mi piel, retiene sin ataduras, temo hundirme en la calma cuando aun estoy viva.
Siento en la fría noche, en el cuerpo caliente la mano helada  que me encierra, caricia diluída susurro callado invadiendo mis huecos, demasiado quieta envuelta en tus remolinos .
 Es abajo donde me quiere, con mi boca tapada fluyéndome por dentro, penetrándome.
Te extiendes sobre mí caprichoso, eterna invitación al viaje, pasaje al exilio y una extranjería total. Duerme mi alma cobijada en la dilución.
 Imposible, río, imposible decir lo que me ata cuando tu, todo, me dejas derivar.

De la Quimera de los sueños ( Fragmentos)


La quimera de los sueños

El hombre poseía un atrapa sueños, le había sido obsequiado por una persona de Taos, le dijo - te permitirá el viaje al estado de los enigmas, cuélgalo en la cabecera de tu cama-

 La cofradía de los navegantes de sueños existía, pensó, quizás podía ser uno de ellos. La gente le relataba sus sueños y los escribía para poder penetrar en su secreto, era una vida errante, se sentía agitado, practicaba como un profeso la inmersión en las profundidades de la mente. Se imponía la experiencia de salir de su persona para entrar en otra. En algunos sueños alcanzaba a vislumbrar lo insondable, sentía que era un arte arduo y peligroso, fuera de la realidad. ¿Cómo se sumerge uno en la oscuridad y luego puede emerger a la luz? Se preguntaba

 Leía en ellos como en un libro aún no escrito, todo podía ser cambiado por las palabras del soñante, corría el riesgo de que, de improviso, lo anularan, o él mismo fuera apenas un esbozo de lo que quería decir la persona, sin poder acceder a los deseos. En ese interior las cosas y el sueño se entreveraban, como una planta parásita con otra, como el tallo de una enredadera a un poste. Ejercitaba el trance auto inducido y como un profeta, encontraba respuestas para los que eran torturados por sus ensoñaciones, pero al obstinarse en esa técnica comenzaba a vivir fuera de sí, el retorno a veces le era vedado. 

Frecuentemente algún sueño lo reclamaba, se hundía en las profundidades, los sueños no eran iguales, en el fondo nunca se sabe que se va a encontrar. A veces se siente que se está en la cima o bien en el abismo, es posible perder

En algunos sueños se presentaban los fantasmas del soñante, historias muy reales que espantaban al atrapador de sueños. Era posible quedar seducido, atrapado en esas fantasmagorías, una especie de palacio helado transparente con torres afiladas y tortuosas, filamentos del sueño intentan atrapar a quién se atrevía a desafiarlos.


Del libro "La Caza"


El bosque era lejano a mis pies, el clima amante y había alegres cantores ajenos, el misterio cantaba vivo en sus aguas y fronda. Yo era una imaginista. Me complacía en un mundo sensible con los ojos maravillados, el problema era el tiempo, era ir a un lugar y estar en otro, el acontecimiento perdurable. Una feria de poseídos y poseedores, con la pasión dispuesta a la agresividad, estímulo de mis sensaciones. Secretos de cazadora, incursiones a lo hondo del pensamiento, de trapecista sin circo, de maga con galera.


Estanislao

Estanislao

Un sacerdote ignoto que pudo llamarse Mario relata una historia semejante a esta.
Estanislao, hijo de Osvaldo, es bello y pálido, todos lo aman y bendicen. Él cree que ama a dios, el silencio, el escondite en la capilla, donde se encuentra con él. Su padre quiere que olvide a ese dios que lo sorprende en la noche y lo asusta. Él sabe de la mirada dura de su padre y su mano de hierro, siempre en movimiento, que sólo se detiene sobre su cabeza.
Es de noche y los mozos del galpón ríen y beben, algunos truenos a lo lejos, los caballos se agitan y relinchan.
El Joven en su cuarto ora " Señor no permitas que ese hombre ponga su mano de hierro en mi corazón". Se oye un trueno más fuerte y cercano. La noche se cierra, los caballos duermen de pie, los hombres en sus camastros de heno, la tormenta esta lejos. Estanislao desde su ventana mira el rumor de la luna y en el momento en que el brillo de esta se cierne sobre el espejo, él ve su rostro, el que ama su madre, luego deja lugar a una máscara enrojecida e inflamada. Ríe atribulado, nadie lo escucha. Llora y duerme.
En otra noche, por esa misma ventana aparece una forma extraña que no reconoce, viene de lo desconocido. Le revela que es un ángel, le dice que el señor no quiere que sufra, que lo ama bello y pálido, después sólo se oye el croar de las ranas de octubre.
Amanece, un grupo de gigantes armados atraviesan el patio de tierra caliente...   Junto a los caballos, los bueyes y el olor del establo, las carretas están preparadas para la partida, sus ejes rechinan, los hombres avanzan y ajustan los herrajes. La estación cálida lentifica las acciones, se oyen risas, bromas burdas. Parado frente los bueyes el joven habla con dios, que lo quiere joven y bello, la felicidad es de otro mundo. 
Un carro se mueve, traquetea y los hombres suben con estrépito. El Niño mira sus pies desnudos, son una masa enrojecida, temeroso cierra los ojos, baila y ríe, su padre lo mira, lo llama, le toca los brazos con los que rodea la escena, él tío se acerca y le acaricia los cabellos, en cada uno de ellos él ve el ángel.
Los hombres lo saludan con la mano, ríe inefable. Parten antes del alba, las pesadas patas de las bestias levantan vuelo, la bruma los hace desaparecer.
Estanislao siente el día, quiere verlo alumbrar a los pájaros, mira sus manos, toda su sangre se ha detenido en ellas.
Con el corazón encogido, vacío, entra a la cocina, en el hornillo crepita la olla, la leche rezuma, acerca sus manos, ordena a la espuma que baje.
La vida es ahora, la hora presente, su mano sujeta el asa hirviente, realiza un movimiento para Dios, es bello para él y nadie más, tiembla, existe aún apenas, el ángel lo mira, se alegra.  No volverá a verlo.

martes, julio 07, 2020

"De universos brutales"

De niña pasaba mi tiempo entre Nogales, higueras, azucenas en flor, jazmines, sombrilla de la virgen. 

Las cuevas que los animales cavaban, eran mi universo favorito, entre huevos de teros, plumas de cotorras, uñas de gato y especies salvaje que alguna vez el viento inconstante trajera de tierras remotas e inexploradas al jardín.
He catado cada flor, sentido su perfume, en el fondo oscuro de mi boca estallaban, alimentaban mi fantasía. 
Compartían sus secretos que abonaban la tierra fértil  de mis días.
En un tiempo sin fecha hube de ser testigo de la comunión de mi hermano con el rosal de la glorieta, fui testigo envidioso de ese encuentro donde las espinas entraron en la carne trémula del niño. 

Poseído amorosamente por ellas, la sangre brotó de ese amor instantáneo, las rosas lo arrullaron, se  dejó pregnar del pecado sexual imposible de ellas.
Hay que morir de amor para poder vivir ese amor.


C.M.



Cinnamon y Lucía
La mañana era para Lucía como un agua viva, la electrizaba y la ponía en corto circuito, pensó que su madre no entendía nada, esa señora le arruinaba la infancia. ¡Cómo se le ocurría decir que papá Noel no existía!, ahora le susurraba al oído que los unicornios tampoco existían y que eran un mito, bla, bla, bla.
Pensó, y qué si desde el cielo caen estrellas, todo era posible. Le encantaban los unicornios, tan hermosos y fuertes, volaban como ángeles blancos más allá de la imaginación de cualquiera, encandilaban al que los veía, desconocían las normas y corrían libres sin sentirse raros, esto último Lucía lo pensó, porque siempre se sentía rara entre la gente y en especial con a su madre.
Cinnamon la entendía, era incondicional y la quería tanto que se bebía su orina, aunque ella no se lo permitía, hacía todo lo que ella le pedía. Sabía que cuando un ratón hacía una prueba, se lo premiaba con algo de alimento, a ella no podía insultarla de ese modo, en cambio jugaban, la peinaba y le ponía sus aros de beauty.
Los pies de Lucía eran como dos libélulas agitadas, se desplazaban a saltitos sobre la arena caliente. Usaba un detector de metales para recorrer la playa encontrando tapitas de cervezas que eran un tesoro incalculable, las cambiaba por un helado, también encontraba anillos de metal dorado o hebillas de plenilunio.
Cuando se le ocurría buscar en la casa, por si había algo bajo el parqué, de pronto sonaba la risa del guasón o de Cruella de Vil, su mamá la ponía para molestarla y obligarla a cambiar de hábitos.
Se acordaba de la gorra de goma que usaba para nadar, tenía flores rojas en su borde, la quería porque se la había regalado su tía y le había dicho que era para protegerla de los horribles adultos que todo critican, lástima que terminó oliendo muy mal y la tiraron a la basura a pesar de sus quejas.
Sus padres decían que se iba a volver loca de tanto que quería sus cosas y de cómo se esmeraba en conseguirlas, una costumbre que desquiciaba a su madre.
Una mañana llevó la máscara de conejo-cerdo a la playa, se paseaba por allí gruñendo como un cerdito, repartía sus gomitas a todos, ni los niños las querían, tenían miedo, entonces en vez de gruñir decía miau, miau y eso les gustaba un poco más.
Cinnamon la acompañaba a hacer pis en el agua helada, se enfriaban tanto que reían hasta que les caían lágrimas confundiéndose con el agua salada, corrían a contar que ya eran parte del mar y festejaban comiendo churros.
 La playa era una máquina de imágenes, un día, y al otro era un teatro, semejante a un escenario fantástico donde podía desplegar su imaginación en el anonimato, se sentía libre. Todo era observación y saqueo, se abrían infinitas esferas del mundo donde deseaba quedarse a vivir.
Le gustaba extraviarse en el revoltijo de los cuerpos dorados y calientes, mezclados con arena y sol, también mates, bolsas con galletitas que Cinnamon buscaba sandalias y bolsos que encerraban un universo fantástico en su interior, libros, pintura, cremas, pañuelos vistoso, un mercado de pulgas a su alcance.
Vagaba sin límites asediada por el viento en la cara que la seguía a todas partes y la piel ardiendo por las caricias juguetonas del sol.
Contaba que un día, un hallazgo maravilloso alegró su día, era una estuita de San Roque y el dragón partida en dos, era muy bella e inquietante y se la llevó en su bolsa de los recuerdos, también había velas blancas partidas y ropa del mismo color, flotando en la espuma del mar.
-Mi madre escandalizada, dijo, tiró la estatua al mar, yo la volvía a juntar, luego en casa la pegué con plasticola y la tengo en una caja de playa que armé en mi biblioteca.
En el mar hay una luz, que nadie parece ver, Cinnamon y yo sí la veíamos, en secreto, nadie sabía que escondía un laberinto donde nos perdíamos y nos quedábamos con esa visión del mundo, inasible y aterradora, magnífica como una ciudad del alma, era un relato inconcluso de la realidad, cuando mi madre me escuchaba decir esto ponía los ojos en blanco.
Un día de esos nublados había una fiesta, un niño pequeño cumplía años, había banderines de colores, cometas y hamburguesas con tomatitos cherry, mirando al niño pensaba que era raro, sacudía sus manos sucias de arena sobre el rostro de los demás, se balanceaba todo el tiempo y hacía caminitos en la arena con los tomates, para luego pisarlos con gran alegría. Yo quería tener una madre como la de él que no le decía nada y no lo criticaba, Cinamon decidió no acercarse, lejos de él miraba el mar que iba y venía urgente, ofendido por no haber sido invitado, la espuma de su escándalo flotaba en el aire y nos pegaba en la cara, el viento era su compañero. Llevamos caramelos y los tiramos al mar, para que se le pasara el enojo, pero estaba desatado, huimos como culpables. Le conté a mamá que la fiesta de cumpleaños era la más fea que había visto, ella dijo – pero que chica más rara esta, en vez de divertirse-.
 Me prohibieron andar con Cinnamon, desde entonces comencé a ver una nena vestida de blanco, que se sentaba en mi cama, tenía un vestido de tul como una princesa. En la casa se declaró una tormenta de enojos y reproches, no me creían, no intenté convencerlos, tampoco yo estaba convencida de ella, quizás era una idea de una película que vi en la tele, pero en todo caso me sentía acompañada. Pensaron que llevando a una prima más pequeña a veranear con nosotros se me pasaría, la verdad es que no la registré y seguí viéndome con Cinnamon a escondidas.
Extasiada con el atardecer en la casi desierta playa armaba un castillo para mi niña vestida de tul blanco hablaba en voz baja, pero me escucharon y me mojaron en el mar con agua   hacerme reaccionar, no lloré, nada de eso, pensé en un bautismo, que traería alguna maravillosa idea, confiaba en mis premoniciones y me fui a dormir. El día siguiente y todos los que le siguieron, fueron la prueba de que solo bastaba proponerse algo para conseguirlo.
Fuimos a la playa como de costumbre y me dispuse a caminar juntando aguas vivas, a mí no me picaban, las llevaba en tiempo clavadas en un palo largo. Luego hacía un altar dedicado al dios del mar,
 Neptuno. Había leído eso en un libro de mitología robado de los estantes desordenados de la biblioteca de papá. Lo más hermoso era que cabalgaba sobre las olas, en caballos blancos, me imaginaba raptada por él, yendo a su castillo dorado en el fondo del mar y a mi madre llorando, porque quizás no volvería.
Como magia de circo apareció una tarde, un visitante de patas cortitas y pelo blanco, con la punta de sus dedos rizados. Comenzó a seguirme, -el azar existe-, decía mi tío, este seguidor era parecido al dragón blanco de La historia sin fin. Miré para ver si alguien acompañaba al enano, decidimos unir nuestra orfandad y seguimos caminando juntos. Visitamos una casa de juguete resguardada en un médano, pensé, el año que viene estará tapada por la arena. Le conté a mi acompañante que allí vivían dos gnomos muy simpáticos y les robamos flores rodeadas de insectos de azul plateado brillante, que nos comimos entre los dos. La mujer que vive con ellos agregué, florece en verano y se marchita en invierno.
Nos hicimos tan amigos que al volver le dije a mi madre –“El perro es mío, me lo regaló Neptuno el señor de los ojos dorados, porque le hice un altar. Debemos llevarlo con nosotros o una gran tragedia caerá sobre nuestra familia, tendremos que atravesar el pantano de la tristeza”. Mi madre lloró y se angustió, es una persona muy supersticiosa, las tinieblas estaban en su interior- Ella dijo algo que no entendí,” el amor es un arte imposible”, pero mi padre la convenció y llevamos al perro con nosotros.
A Cinnamón no le hizo gracia que le pusiera su nombre, me perdonó, pero ya no me visitó más, igual que la nena de los tules blancos.
C.M.


AGUAS VIVAS


Aguas Vivas
Contaba divertido que el único que lo había pasado mal en las vacaciones era él. Es el menor de la familia, su padre es un hombre de carácter difícil y así lo cría, no sabe lo que eso significa, solo lo dice.
Cuenta: fuimos al mar, no lo había visto nunca y le encantó, decía, me entregué a él, a las embestidas de su poder, su espuma, el frío quemaba mi piel.
 Era pequeño y pensaba que el mar le quería decir algo, el mar insistía en decir algo que no terminaba de decir, va y viene, balbuceaba.
 Nadie me había contado nada, en casa no se hablaba de esas cosas, papá planeaba y nos llevaba a donde él quería. Era una lucha convencerlo de que queríamos ir a otra parte o que deseábamos otra cosa. Diría que mi padre es caprichoso y duro, se parece a un personaje de novelas de detectives, es puro gesto displiciente. Mi hermana mayor decía “machista” y así dirimía sus conflictos con él.
Ese verano nos llevó a la playa, para mí todo era felicidad disconforme, es muy difícil cumplir las expectativas de los padre-.
 Él es un hombre conservador ¿el dinero?, no le gusta gastar en boludeces, o tenía como decía uno de mis tíos,” un cocodrilo en el bolsillo” Yo ligaba muchos retos, me afectaban pero me divertían.
 La relación con el dinero era un tema de inquietud y conversaciones constantes entre mis padres, lo vivían cada uno a su modo, papá era tacaño y mi madre pródiga, ella gastaba mucho, él guardaba, la explicación estaba en su historia personal.
Lo que voy a contar no es inusual, tampoco pretendo que sea original, solo voy a contarlo para pensarlo de nuevo y reírme, ahora me divierto con los recuerdos, ya que en ese momento nada fue gracioso.
Por la mañana íbamos a la playa, el plan era quedarnos todo el día, el cielo era claro, sencillo, había gente por todos los huecos posibles, múltiples segmentos corporales se ofrecían a la exposición solar, algunos dorados y otros tan lechosos que daban pena, el aroma a bronceador, me encantaba, pero llegaba a producirme nauseas.
Sobre la franja de arena se encontraban implementos de torturas para los moluscos, todos buscaban algún bichito debajo de una burbuja con la ilusión de llenar un balde para la cena, algo muy improbable decía mi padre, muy escéptico. Palitas, baldes, pelotas y perros inundaban las ondulaciones del manto de arena blanca. Las olas no abandonaban su furor espumoso y todos chapoteaban en ellas.
Yo me aboqué a mi actividad preferida, a saborear los sánwiches que mamá había preparado. Pronto me adapté al agua helada de nuestra costa, temblaba y mis labios se ponían morados, sin quejas volvía, repetía mis zambullidas, mis incursiones no eran profundas pues no sabía nadar. Seguía a mis hermanos mayores, designados por mi padre para cuidarme y cumplían a su antojo, lo que es decir “ni me miraban”, no existía para ellos, me dejaban hacer libre de custodia y ellos en lo suyo. En especial mi hermano mayor, que siempre parecía tener asuntos más valiosos entre manos y no podía perder el tiempo conmigo.
Con la repetición de los hábitos familiares, me he dado cuenta que mi hermano no fingía, él estaba en otra frecuencia, su cuerpo con nosotros y su mente en otro mundo. A veces cuando recordamos estas cosas o historias del pasado en reuniones divertidas, él dice “no me acuerdo, no es cierto eso que cuentan, son unos farsantes, inventan cualquiera” como si no guardara registro de la infancia.
Así andaba yo, suelto como un ave que rondaba la costa en busca de alimento, pequeñas cosas, alimento para la imaginación.
Mi vuelo era corto, planeaba bajo, temía perder de vista a la familia y luego lamentarlo, ellos no recordaban que yo existía. Me resigné a ser el hermano menor, el hincha llorón, el no deseado que irrumpe en la vida de los demás y les quita la tranquilidad de sus espacios, el que monopoliza a la madre, ya solo por eso me odiaban, madre me adoraba.
La malla no me gustaba, era inusualmente larga, de colores fuertes, me la había regalado mi madrina, ni soñar que me comprarían otra, fue parte de ese verano inolvidable. Me incomodaba para introducirme en el mar, la sensación era que me trababa o me frenaba, pero la queja era en silencio. El agua se embolsaba en ella y debía atar el cordón de la cintura a cada momento, se me caía un poco, nadie advertía mis tribulaciones, esto me sugería la idea de que era una maña mía, una fobia a esa malla colorinche.
Que simple era la vida y que complejo el pensamiento, aun cuando se trataba de algo sencillo como una malla, recuerdo sentirme por momentos muy desgraciado con ese tema, pensando que mis padres no me amaban, por no darse cuenta y ayudarme.
Las relaciones dentro de la familia no eran fáciles, con mi padre se duplicaba la dificultad, él era un hombre fuerte y autosuficiente, pretendía que yo también lo fuera, nunca nada le salía mal, nunca derramaba el jugo o se le caía el sanwich en la arena, podía ponerse muy nervioso con mis problemas, creo que era injusto, conmigo. Intentaba formarme con rigor por ser el más pequeño, temía que mi madre me criara blando, siempre lo dejaba entrever cuando hablaban, decía que el hombre debe ser enérgico, él lo era. Era permanente su llamado de atención cuando lloraba con mi madre, o ella me abrazaba mucho, él estaba en desacuerdo y consideraba que me sobreprotegía y arruinaba su trabajo de padre.
La mañana me daba hambre y con chapuzones de por medio pedía cosas para masticar, me mandaban a jugar, decían “y no aparezcas por un rato, no te quiero escuchar pedir nada”.
 Me iba entonces a agujerear la arena con impudor vengativo, buscaba algún tesoro escondido de las miradas y ser el beneficiario de aventuras o encuentros con la fortuna, que no solo podía ser de mis primos, ellos siempre encontraban cosas enterradas en la arena y de burlaban de mí.
El sol se apoderaba de mi piel, sentía que se estiraba cuando se secaba el agua yodada, me ardía la espalda, me mojaba y ponía la toalla arriba de la cabeza como un manto, mientras, escribía para el olvido sobre los rastros de miles de pisadas, o hacía intentos ridículos de constructor de castillos con foso, puentes y agua que terminaban aplastados por algún pie adulto desconsiderado, en esa época no tenía ninguna idea de que iba a estudiar arquitectura en el futuro.
Que suerte que los niños somos un poco loquitos y no advertimos todo lo que pasa a nuestro alrededor, somos ignorantes de las vicisitudes, no registramos a los adultos como ellos a nosotros, eso nos ayuda a no sufrir la realidad insoportable. Por momentos lo cierto es que los adultos no nos importan, en tanto nos dejen en paz.
Vi que mi hermana estaba parada a la orilla y corría cada vez que las olas venían hacia ella, ese juego de la buena pipa del que no se cansan generaciones de humanos. Decidí que iría a acompañarla, aunque podía adivinar sus palabras “andáte pesado”.
Me acerqué y ella decidió abruptamente correr mar adentro, emitiendo pequeños gritos de sorpresa por lo fresco del agua. Yo la seguí, se internó un poco más y el agua me llegaba a la cintura, la malla me forzaba hacia abajo. De pronto una ola me levanta sin sospechar cuál sería mi destino, la desventura debe ser así, en un instante se pierde la tierra, un remolino de agua en mi boca, mis ojos se nublan, los oídos repiten el sonido del mar y retumban en mi cerebro ¡estoy, muy asustado!
No termina la odisea, siento que me arrastra y golpeo la cabeza contra algo, manoteo el aire ¡el líquido me odia!. Soy una esponja, las esporas de mi cuerpo han permitido que todo entre en él, que el agua me traspase, comunicando el adentro y el afuera de esa bolsa de huesos miserable que quedó tendida en la playa, bajo la mirada de un dios que nos muestra la caída del paraíso. En esa orilla, que podía ser salvadora miré al cielo y entreví el cerco amarillo, destello solar que anunciaba más calamidades.
Pronto estuve rodeado de esos fantasmas transparentes, blancos, acuosos, esféricos, que despiertan terrores de niños y adultos. Las aguas vivas, surcaban muy orondas por mis brazos, jugueteaban con mi calor, se asustaban y electrizaban al contacto, acariciaban mi piel erizada de terror. ¿Grito o me parece que eso es lo que hago?, lloro, creo.
Todos corren, los brazos de mi padre me sacan del agua, me paran de golpe, me pega en la cara un golpecito para hacerme reaccionar y me mira, la intensidad de esa mirada será eterna para mí.
Su mirada me espabila y cuando advierte que estoy consciente me dice “silencio, los hombres no lloran”. Mi voz se pierde en la tarde, en el murmullo indiferente de miles de pupilas, de bocas que comen, que ríen, que fuman, disfrutando de un espectáculo en lo absurdo del día de playa. Testigos de mi bochorno.
Mis brazos están rojos y arden, nadie orinó en ellos, ahora se sabe que eso calma el dolor, no sé si lo hubiera entendido. No, a mí no me calmaron nada, debí sufrirlo como un mártir en la hoguera, miraba al cielo y pedía clemencia.
Si ustedes creen que el evento provocó alguna reacción protectora, o que decidieron volver al departamento para ponerme algo y aliviarme, no se equivoquen, no es así como mi padre nos formó, seguimos en la playa y aquí no ha pasado nada, las cosas cotidianas que ya no cambiarían nunca.
Esta es la sórdida lectura de los hechos, y para mí, debo decirlo ¡nunca el olvido de tal aventura será voluntario!
C.M.

sábado, agosto 03, 2019

El Legado


El Legado

    El único mueble de mi madre al que podía acceder sin que me reprendiera por inmiscuirme en cosas ajenas, era la alacena que estaba ubicada en un costado de la cocina.
Mi afición por los lugares cerrados provenía de una vocación por el secreto y el disimulo, aprendido tempranamente. Estrategias que mis padres practicaban y se desviaban de los fines que perseguían.
Pensaba que los muebles prohibidos de mis padres eran mi heredad, me obligaban a elegir en ese territorio en que guardaban objetos siniestros, me era indiferente a cuál podía acceder siempre que fueran de ellos.
 Introducirme a los lugares más recónditos de esos muebles vedados, significaba un viaje seductor y fantástico a lo desconocido. Para mi encubría una traición.
Según antiquísima costumbre mamá ponía sus cosas en cajas, cofres, compartimentos, y mucha veces envolvía cosas valiosas en medias que eran descartadas del uso.
La prohibición resultaba un acicate mayúsculo para mi imaginación, desenfrenada, en aquella época. Creía captar en aquellos fragmentos de su existencia, la esencia de mis seres queridos, sus secretos y los misterios que encerraba la vida de estas personas a las que amaba y temía.
Si encontraba algún nuevo calcetín enrollado con cosas en su seno la respiración se me ponía frenética, me latía el corazón y podía sentir adrenalina surcando los canales de mis venas.
A distancia de aquellas incursiones ilícitas yo salía más proclive a fantasear historias, y con una sensibilidad nerviosa surgida de esa heroicidad.
Me convertí en una apóstata de los lugares sagrados de la familia, a nadie se le escapaba que allí nuestros progenitores escondían dinero, joyas o secretos que merecían ser ocultados.
En plano de descubrir, un libro muy gordo llamó mi atención. Un día descubrí a mi madre mostrándole aquel libro a una amiga y no me pasó desapercibido el aire de conspiración con que lo hacía, la provocación me llevaba a crear mundos insensatos que ansiaba conocer y transitar. En su portada se divisaba un cuerpo humano en su interioridad, la tapa transparente dejaba al descubierto lo prohibido, abrirlo significaba un castigo severo  del cual me fue imposible tener perspectiva alguna.
Planee con astucia y sin compartir, característica mía en la infancia, sacar aquel libro de su guarida, pues barruntaba que en sus hojas, muchas por cierto, debía encontrar magia y fabulosos secretos, la seguridad me asistía como una amiga silenciosa.
Comenzaba una etapa, en que la principiante que era en estos menesteres se iba complejizando, para transformarme en la reina de las atisbadoras.
Recuerdo la primera vez en que el libro salió de su ostracismo, si su peso se hubiera convertido en oro hubiera me hubiera enriquecido, y hubiera importado menos que la suma de todas sus hojas. Estas eran finas, algunas de suave transparencia y con abundantes grabados, coloridos, inexplicables a mis ojos, sin que por eso perdiera el máximo valor asignado al descubrimiento.
Me sentía proclive a divulgar mis conocimientos y así convertirme en un portento de saber, pues advertía que allí, entre esas páginas estaba la verdad que los adultos negaban a nuestra curiosidad. Pero aquella profanación al vientre de los muebles de mis padres sería menos valorada, que castigada, callé entonces en orden de una previsión  intuída, más que sabida.
El mueble que contenía el libro en cuestión iba rodeándose de un aire malsano, pues entendía que cada incursión en su interior significaba la pérdida de la fe de mi madre en mí, aún así introducía mi mano hasta encontrarlo entre la ropa de invierno. El tacto se regodeaba en esa búsqueda voluptuosa, reconociendo las distintas prendas que lo rodeaban su delicadeza, la dulzura de la angora, o de la seda en las enaguas de mi madre, de calor y protección, a medida que me acercaba a él sentía haber recorrido un túnel privado. A veces por el grado de ansiedad que desplegaba, con la premura que me era habitual, no lo encontraba y sospechaba con odio que mis padres lo habían sacado del lugar para mi pesar.
 Desarrollé ver con mis oídos, cualquier ruido era una visión de quien se acercaba, esta operación tuvo que ser pagada con una pérdida. La llegada de mi padre me era advertida por los ruidos producidos por las llaves que colgaban de su cinturón, me hacían visualizar cada lugar que recorría antes de que llegara a la habitación para cambiarse de ropa.
Presenciaba sin saberlo el fin de mi inocencia  y la prohibición había sido quien lo hiciera posible, ya no encontraba más magia en otras cosas que no fueran las que necesitaran de mi atrevimiento.
Poco importante fue el hecho de que aquel libro solo se tratara del cuerpo humano sin velos, órganos internos y externos que nunca había visto con tanta verosimilitud, la historia de la humanidad en sus órganos no despertaron en mí más que indiferencia, pero las sensaciones sufridas para llegar hasta él marcaron una vía facilitada para sentir.
 Había diferido y luego obtenido un placer espurio por espiar las cosas de otros.
II
Con la  exactitud de quien conoce el derrotero, me apliqué al caos de los cajones de mi padre donde se acumulaban objetos de todo tipo, producto de  excursiones por la ciudad y sus viajes. Motivado por un coleccionismo atípico, no le habitaba un deseo de completud, sino el hecho de que fuera en el mejor de los casos, perfectible. De este modo  tampoco incorporaba las piezas a un espacio ordenado y artificioso para lucirlas.
Esta práctica me exigía veneración y sacrificios, porque lentamente había dejado de jugar con los niños de la casa, para volverme una solitaria que valoraba más la soledad donde podía pensar en aquello descubrimientos.
Aquel hombre, mi padre, pensaba que todo  lo que se encerraba vivía por más tiempo, cualquier cosa que le resultaba interesante justificaba suspender su circulación.
 Nunca supo que compartíamos el placer por lo oculto, y que mi goce era renovar lo antiguo mediante su posesión; y esto fue convirtiéndose en el motivo de mi  propia colección que poco a poco había ido amontonándose en los cajones y muebles de mi habitación, transformándome en una especie de sucedáneo de mi padre, quien una vez desaparecido dejó a mi cuidado todos sus tesoros.
Abrir aquellas cajas a la luz del sol, le hubieran hecho perder su maravilla, no suscitarían la misma sensación que en el pasado, en la oscuridad de su habitación, y no porque hubiera conocido su contenido, sino porque habrían perdido su condición de arrebato de mi alma.
 Sabía que allí se encontraba un tesoro de valor incalculable, consistente en el coleccionismo de inutilidades como, monedas de plata, billetes antiguos, fotos antiguas, biromes con una bailarina en su interior sumergida en un líquido que si se lo mecía  se quedaba sin ropa, juguetes a cuerda que ejecutaban diferentes movimientos, estiletes regalados o comprados en sus viajes, pelotas de colores con animales en su interior, lápices y gomas de diferentes diseños y colores, linternas pequeñas, y cuanta curiosidad había pasado por sus manos durante su larga vida.
Una colección sin orden ni ley, de haber sido posible una clasificación, hubiera significado la destrucción de un tesoro mítico perteneciente a lo menos conocido de mi padre. Ese lado oscuro que aún permanece intacto y guardado en sus cajas.
A veces, me siento compelida a desplegar la heterogénea fila de objetos, a escondidas de todos, que a medida que se van descubriendo, conforman un piélago sobre el piso de la habitación y despiertan mi reverencia y pavor.


domingo, abril 08, 2018

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "LA CAZA" DE CECILIA MAIDANA EN "EL CABURÉ", librería en San Telmo.

 CECILIA MAIDANA, firmando su libro " La Caza"


MARTÍN HEER, FOTÓGRAFO, MI HIJO.


Shavi Alí, Dorotea y su nieta.



Cecilia, Anibal Villa Segura, Liliana Heer.

Cecilia, Liliana, Macarena, Aníbal.


Presentadores del libro "La CAZA",  Liliana Heer y Aníbal Villa Segura, con la autora,y la musicalizadora de la lectura.


Cari Weber, Nacho Weber y su señora, con la hijita de ambos.
Macarena y Tristana Muraro.


EN "CURA MALAL" EL ARTE DE LA VIDA SE DA CITA.

MERCEDES RESCH UNA GRAN MUJER, ARTISTA PLÁSTICA, COMUNICADORA, HACEDORA DE PROYECTOS DE ARTE. HA PUESTO A SU PUEBLO CURA MALAL EN BOCA DE TODOS.
CONVOCA A ARTISTAS A SU ESPACIO PARA QUE CREEN EN ESE AMBIENTE RODEADO DE PAZ Y NATURALEZA. 
lA TRANCA
LA TRANCA CURA MALAL, BAR, GALERÍA DE ARTE, PROPIEDAD DE MERCEDES RESCH
RAÚL BARRAGÁN, DOMADOR Y ARTISTA SOGUERO.
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LEYENDA EN FAMILIA DE DOMADORES DE CABALLOS.
DOMADOR CON SUS INSTRUMENTOS DE TRABAJO.
JUANA EN SU CASA ALMACÉN, HERMOSA Y GENEROSA CON SUS PALABRAS.

LOS ANIMALES SON PROTAGONISTAS
LOS GANSOS SON PAREJAS FIELES Y COMPAÑEROS.
TÍMIDAS Y HUIDIZAS, RECORREN LAS CALLES Y DAN TERNURA.
MERCEDES RESCH PASEA SUS VACAS AMIGAS.
LOS CABALLOS SON MUY RESPETADOS, LOS LUGAREÑOS SE DEDICAN A LA DOMA Y AMAN SUS TRADICIONES.
ALBOROTADORAS AMIGAS ALADAS, PICOTEANDO TODO LO QUE ENCUENTRAN, VAN GRUPETE SIEMPRE Y CON ALGÚN GALLITO MACHISTA.
ESTE GUSANITO TAMBIÉN ES PROTAGONISTA.