jueves, julio 30, 2020


De universos brutales

Pasábamos por el ligustro alto como un hombre, rodeaba un jardín lleno de plantas negras donde no daba el sol y daba miedo vivir allí.
El loro recorría el ligustro como una penitencia invariable, 
vestido con un chaquet verde brillante y una coronita roja y amarilla, se pavoneaba como un rey malvado, presto para castigarte si te atrevías a acercarte.
Recuerdo mi miedo feroz y la saliva salada y amarga como lágrimas en los ojos.
Y no poder llorar, porque a ese niño en la caja blanca, rodeado de gladiolos blancos voluptuosos y rosas con espinas y un tul finísimo como las babas del diablo, yo, no lo conocía. Pero sentía que algo terrible y blanco le había sucedido.





De universos brutales

Yo sé que cada mañana había nuevas promesas en el jardín que tenía para mí sola.
 En ese lugar mágico, todos los pájaros y visitantes crecían con igual fuerza, gusanos y Alelíes, 
arañas verdes y rojas con naranjas, y los perritos cubiertos de pulgas que se rascaban el lomo sobre la tierra hasta hacérselo sangrar.
Yo quería ser una niña no mujer antes de tiempo, pero el plan del señor no era ese, a veces las cosas suceden antes del tiempo en que se abren las flores; 
todo eso deja una marca como de algo roto que ya no se arregla. 
Si hubiera estado mamá o alguien que me mirara, hubiera notado que perdía la frescura
 como una flor demasiado tiempo en el agua y hubiera preguntado
 por eso tan oscuro y espantoso que me había sucedido.
Me atreví a seguir viviendo y las cosas fueron cambiando, nunca le conté a nadie,
 nada y la única valiente en todo eso fui yo, aunque a veces dudo.


 

sábado, julio 18, 2020

Mark twain: Una anécdota singular.

Mark Twain (1835-1910)Samuel Langhorne Clemens 1835-1910
El escritor de "Las aventuras de Huckleberry Fin", solía contar una anécdota extraña:

 Entrevistado por un periodista acerca de su infancia le había hablado de Bill, su hermano mellizo.
De niños Bill y Mark se parecían tanto que para distinguirlos les ataban a las muñecas una cintas de diferentes colores. Un día, los dejaron solos en la bañera y uno de ellos se ahogó. Las cintas se habían desatado. " De modo que", concluyó Mark Twain, "nunca se supo quién de los dos había muerto, si Bill o yo"
Tomado de el libro de Emmanuel Carrére: "Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos". Un viaje a la mente de Philip K. Dick.

jueves, julio 16, 2020

EL OJO Y LA PLUMA

                                               Foto: Martin heer.
                                               Texto: Cecilia Maidana."

Ese brillo de ciudad futura
que atrapa mirada
oropel de un infierno temido,
un contorno irreal como un sueño,
no capta mi asombro
Aquí en la sombra,
un pedazo de cielo para mí,
luces inquietas bajo los arboles
en la plaza dormida,
danza pequeña sin alardes.
Me une a la tierra.
C.M.

https://www.dunken.org/convocatoria/single.php?id=23147

Entre Lectores & Escritores.

Microrelato: "La rata"

Una mujer tenía un marido que era muy popular, todo el mundo lo quería y lo visitaban, a ella esto le daba celos, no soportaba que el hombre le quitara su atención. Cuando llegó a la conclusión de que él no sería sólo para ella, decidió ultimar al hombre con veneno para ratas. Conforme a esa decisión en la mañana ella había colocado el veneno en el desayuno de su esposo, cuando de pronto en el patio se apareció una gran rata que se paró frente al hombre y lo miro a los ojos. El hombre le devolvió la mirada y le alcanzó el tazón con su desayuno, y aunque la mujer argumentó, él se lo dio. Al ver la rata muerta en el patio, la mujer advirtió lo inútil de su gesto. C.M.

Microrelato : Viaje

Al hombre le habría gustado viajar toda su vida, conforme su condición humilde esto no era posible. En un invierno infinito y lluvioso se inundaron todas las calles de la ciudad y también los hogares. El Agua corría como ríos por dentro de algunas de ellos y en los patios se formaban deltas. El hombre pensó, no sin angustia, que debía aprovechar esta situación y en un santiamén se subió a una cacerola que boyaba siguiendo la corriente rumbo a la calle, mientras navegaba en la corriente peligrosa pensó, que esa travesía lo redimía de un pasado miserable. C.M.

La Quimera. Poema en prosa



 El navegante de sueños, penetra una noche en la profunda sábana del Paraná, ella lo envuelve con su voz rumiante de camalotes, siestas de verde naturaleza, lo lleva al sueño  del hombre. 
Ha recorrido una extensa llanura de letras y cobijó  todos los vientos que desparramaban su soñar hacia el río. 
El hombre desnudo, tendido cara hacia el cielo, distrayéndose de ser distraído por las cosas que distraen, con la tierra que cabe en sus manos, crea un mundo fantástico. 
En este estar estando, los fantasmas de dioses hogareños provocan un instante de amor total y musita una letanía:" Hice río con mi río, islas con sus venas, bebí largos sonidos contra el paredón como un terror que viene para mí,  me ausenté haciendo la plancha, una mano atrapó mi pierna, otra mi brazo, y otra mi boca, sin voz mi finitud me habló de ti y entendí tu forma de partir".


miércoles, julio 08, 2020

De la Quimera de los sueños ( Fragmentos)


La quimera de los sueños

El hombre poseía un atrapa sueños, le había sido obsequiado por una persona de Taos, le dijo - te permitirá el viaje al estado de los enigmas, cuélgalo en la cabecera de tu cama-

 La cofradía de los navegantes de sueños existía, pensó, quizás podía ser uno de ellos. La gente le relataba sus sueños y los escribía para poder penetrar en su secreto, era una vida errante, se sentía agitado, practicaba como un profeso la inmersión en las profundidades de la mente. Se imponía la experiencia de salir de su persona para entrar en otra. En algunos sueños alcanzaba a vislumbrar lo insondable, sentía que era un arte arduo y peligroso, fuera de la realidad. ¿Cómo se sumerge uno en la oscuridad y luego puede emerger a la luz? Se preguntaba

 Leía en ellos como en un libro aún no escrito, todo podía ser cambiado por las palabras del soñante, corría el riesgo de que, de improviso, lo anularan, o él mismo fuera apenas un esbozo de lo que quería decir la persona, sin poder acceder a los deseos. En ese interior las cosas y el sueño se entreveraban, como una planta parásita con otra, como el tallo de una enredadera a un poste. Ejercitaba el trance auto inducido y como un profeta, encontraba respuestas para los que eran torturados por sus ensoñaciones, pero al obstinarse en esa técnica comenzaba a vivir fuera de sí, el retorno a veces le era vedado. 

Frecuentemente algún sueño lo reclamaba, se hundía en las profundidades, los sueños no eran iguales, en el fondo nunca se sabe que se va a encontrar. A veces se siente que se está en la cima o bien en el abismo, es posible perder

En algunos sueños se presentaban los fantasmas del soñante, historias muy reales que espantaban al atrapador de sueños. Era posible quedar seducido, atrapado en esas fantasmagorías, una especie de palacio helado transparente con torres afiladas y tortuosas, filamentos del sueño intentan atrapar a quién se atrevía a desafiarlos.


Del libro "La Caza"


El bosque era lejano a mis pies, el clima amante y había alegres cantores ajenos, el misterio cantaba vivo en sus aguas y fronda. Yo era una imaginista. Me complacía en un mundo sensible con los ojos maravillados, el problema era el tiempo, era ir a un lugar y estar en otro, el acontecimiento perdurable. Una feria de poseídos y poseedores, con la pasión dispuesta a la agresividad, estímulo de mis sensaciones. Secretos de cazadora, incursiones a lo hondo del pensamiento, de trapecista sin circo, de maga con galera.


Estanislao

Estanislao

Un sacerdote ignoto que pudo llamarse Mario relata una historia semejante a esta.
Estanislao, hijo de Osvaldo, es bello y pálido, todos lo aman y bendicen. Él cree que ama a dios, el silencio, el escondite en la capilla, donde se encuentra con él. Su padre quiere que olvide a ese dios que lo sorprende en la noche y lo asusta. Él sabe de la mirada dura de su padre y su mano de hierro, siempre en movimiento, que sólo se detiene sobre su cabeza.
Es de noche y los mozos del galpón ríen y beben, algunos truenos a lo lejos, los caballos se agitan y relinchan.
El Joven en su cuarto ora " Señor no permitas que ese hombre ponga su mano de hierro en mi corazón". Se oye un trueno más fuerte y cercano. La noche se cierra, los caballos duermen de pie, los hombres en sus camastros de heno, la tormenta esta lejos. Estanislao desde su ventana mira el rumor de la luna y en el momento en que el brillo de esta se cierne sobre el espejo, él ve su rostro, el que ama su madre, luego deja lugar a una máscara enrojecida e inflamada. Ríe atribulado, nadie lo escucha. Llora y duerme.
En otra noche, por esa misma ventana aparece una forma extraña que no reconoce, viene de lo desconocido. Le revela que es un ángel, le dice que el señor no quiere que sufra, que lo ama bello y pálido, después sólo se oye el croar de las ranas de octubre.
Amanece, un grupo de gigantes armados atraviesan el patio de tierra caliente...   Junto a los caballos, los bueyes y el olor del establo, las carretas están preparadas para la partida, sus ejes rechinan, los hombres avanzan y ajustan los herrajes. La estación cálida lentifica las acciones, se oyen risas, bromas burdas. Parado frente los bueyes el joven habla con dios, que lo quiere joven y bello, la felicidad es de otro mundo. 
Un carro se mueve, traquetea y los hombres suben con estrépito. El Niño mira sus pies desnudos, son una masa enrojecida, temeroso cierra los ojos, baila y ríe, su padre lo mira, lo llama, le toca los brazos con los que rodea la escena, él tío se acerca y le acaricia los cabellos, en cada uno de ellos él ve el ángel.
Los hombres lo saludan con la mano, ríe inefable. Parten antes del alba, las pesadas patas de las bestias levantan vuelo, la bruma los hace desaparecer.
Estanislao siente el día, quiere verlo alumbrar a los pájaros, mira sus manos, toda su sangre se ha detenido en ellas.
Con el corazón encogido, vacío, entra a la cocina, en el hornillo crepita la olla, la leche rezuma, acerca sus manos, ordena a la espuma que baje.
La vida es ahora, la hora presente, su mano sujeta el asa hirviente, realiza un movimiento para Dios, es bello para él y nadie más, tiembla, existe aún apenas, el ángel lo mira, se alegra.  No volverá a verlo.

martes, julio 07, 2020

"De universos brutales"

De niña pasaba mi tiempo entre Nogales, higueras, azucenas en flor, jazmines, sombrilla de la virgen. 

Las cuevas que los animales cavaban, eran mi universo favorito, entre huevos de teros, plumas de cotorras, uñas de gato y especies salvaje que alguna vez el viento inconstante trajera de tierras remotas e inexploradas al jardín.
He catado cada flor, sentido su perfume, en el fondo oscuro de mi boca estallaban, alimentaban mi fantasía. 
Compartían sus secretos que abonaban la tierra fértil  de mis días.
En un tiempo sin fecha hube de ser testigo de la comunión de mi hermano con el rosal de la glorieta, fui testigo envidioso de ese encuentro donde las espinas entraron en la carne trémula del niño. 

Poseído amorosamente por ellas, la sangre brotó de ese amor instantáneo, las rosas lo arrullaron, se  dejó pregnar del pecado sexual imposible de ellas.
Hay que morir de amor para poder vivir ese amor.


C.M.



Cinnamon y Lucía
La mañana era para Lucía como un agua viva, la electrizaba y la ponía en corto circuito, pensó que su madre no entendía nada, esa señora le arruinaba la infancia. ¡Cómo se le ocurría decir que papá Noel no existía!, ahora le susurraba al oído que los unicornios tampoco existían y que eran un mito, bla, bla, bla.
Pensó, y qué si desde el cielo caen estrellas, todo era posible. Le encantaban los unicornios, tan hermosos y fuertes, volaban como ángeles blancos más allá de la imaginación de cualquiera, encandilaban al que los veía, desconocían las normas y corrían libres sin sentirse raros, esto último Lucía lo pensó, porque siempre se sentía rara entre la gente y en especial con a su madre.
Cinnamon la entendía, era incondicional y la quería tanto que se bebía su orina, aunque ella no se lo permitía, hacía todo lo que ella le pedía. Sabía que cuando un ratón hacía una prueba, se lo premiaba con algo de alimento, a ella no podía insultarla de ese modo, en cambio jugaban, la peinaba y le ponía sus aros de beauty.
Los pies de Lucía eran como dos libélulas agitadas, se desplazaban a saltitos sobre la arena caliente. Usaba un detector de metales para recorrer la playa encontrando tapitas de cervezas que eran un tesoro incalculable, las cambiaba por un helado, también encontraba anillos de metal dorado o hebillas de plenilunio.
Cuando se le ocurría buscar en la casa, por si había algo bajo el parqué, de pronto sonaba la risa del guasón o de Cruella de Vil, su mamá la ponía para molestarla y obligarla a cambiar de hábitos.
Se acordaba de la gorra de goma que usaba para nadar, tenía flores rojas en su borde, la quería porque se la había regalado su tía y le había dicho que era para protegerla de los horribles adultos que todo critican, lástima que terminó oliendo muy mal y la tiraron a la basura a pesar de sus quejas.
Sus padres decían que se iba a volver loca de tanto que quería sus cosas y de cómo se esmeraba en conseguirlas, una costumbre que desquiciaba a su madre.
Una mañana llevó la máscara de conejo-cerdo a la playa, se paseaba por allí gruñendo como un cerdito, repartía sus gomitas a todos, ni los niños las querían, tenían miedo, entonces en vez de gruñir decía miau, miau y eso les gustaba un poco más.
Cinnamon la acompañaba a hacer pis en el agua helada, se enfriaban tanto que reían hasta que les caían lágrimas confundiéndose con el agua salada, corrían a contar que ya eran parte del mar y festejaban comiendo churros.
 La playa era una máquina de imágenes, un día, y al otro era un teatro, semejante a un escenario fantástico donde podía desplegar su imaginación en el anonimato, se sentía libre. Todo era observación y saqueo, se abrían infinitas esferas del mundo donde deseaba quedarse a vivir.
Le gustaba extraviarse en el revoltijo de los cuerpos dorados y calientes, mezclados con arena y sol, también mates, bolsas con galletitas que Cinnamon buscaba sandalias y bolsos que encerraban un universo fantástico en su interior, libros, pintura, cremas, pañuelos vistoso, un mercado de pulgas a su alcance.
Vagaba sin límites asediada por el viento en la cara que la seguía a todas partes y la piel ardiendo por las caricias juguetonas del sol.
Contaba que un día, un hallazgo maravilloso alegró su día, era una estuita de San Roque y el dragón partida en dos, era muy bella e inquietante y se la llevó en su bolsa de los recuerdos, también había velas blancas partidas y ropa del mismo color, flotando en la espuma del mar.
-Mi madre escandalizada, dijo, tiró la estatua al mar, yo la volvía a juntar, luego en casa la pegué con plasticola y la tengo en una caja de playa que armé en mi biblioteca.
En el mar hay una luz, que nadie parece ver, Cinnamon y yo sí la veíamos, en secreto, nadie sabía que escondía un laberinto donde nos perdíamos y nos quedábamos con esa visión del mundo, inasible y aterradora, magnífica como una ciudad del alma, era un relato inconcluso de la realidad, cuando mi madre me escuchaba decir esto ponía los ojos en blanco.
Un día de esos nublados había una fiesta, un niño pequeño cumplía años, había banderines de colores, cometas y hamburguesas con tomatitos cherry, mirando al niño pensaba que era raro, sacudía sus manos sucias de arena sobre el rostro de los demás, se balanceaba todo el tiempo y hacía caminitos en la arena con los tomates, para luego pisarlos con gran alegría. Yo quería tener una madre como la de él que no le decía nada y no lo criticaba, Cinamon decidió no acercarse, lejos de él miraba el mar que iba y venía urgente, ofendido por no haber sido invitado, la espuma de su escándalo flotaba en el aire y nos pegaba en la cara, el viento era su compañero. Llevamos caramelos y los tiramos al mar, para que se le pasara el enojo, pero estaba desatado, huimos como culpables. Le conté a mamá que la fiesta de cumpleaños era la más fea que había visto, ella dijo – pero que chica más rara esta, en vez de divertirse-.
 Me prohibieron andar con Cinnamon, desde entonces comencé a ver una nena vestida de blanco, que se sentaba en mi cama, tenía un vestido de tul como una princesa. En la casa se declaró una tormenta de enojos y reproches, no me creían, no intenté convencerlos, tampoco yo estaba convencida de ella, quizás era una idea de una película que vi en la tele, pero en todo caso me sentía acompañada. Pensaron que llevando a una prima más pequeña a veranear con nosotros se me pasaría, la verdad es que no la registré y seguí viéndome con Cinnamon a escondidas.
Extasiada con el atardecer en la casi desierta playa armaba un castillo para mi niña vestida de tul blanco hablaba en voz baja, pero me escucharon y me mojaron en el mar con agua   hacerme reaccionar, no lloré, nada de eso, pensé en un bautismo, que traería alguna maravillosa idea, confiaba en mis premoniciones y me fui a dormir. El día siguiente y todos los que le siguieron, fueron la prueba de que solo bastaba proponerse algo para conseguirlo.
Fuimos a la playa como de costumbre y me dispuse a caminar juntando aguas vivas, a mí no me picaban, las llevaba en tiempo clavadas en un palo largo. Luego hacía un altar dedicado al dios del mar,
 Neptuno. Había leído eso en un libro de mitología robado de los estantes desordenados de la biblioteca de papá. Lo más hermoso era que cabalgaba sobre las olas, en caballos blancos, me imaginaba raptada por él, yendo a su castillo dorado en el fondo del mar y a mi madre llorando, porque quizás no volvería.
Como magia de circo apareció una tarde, un visitante de patas cortitas y pelo blanco, con la punta de sus dedos rizados. Comenzó a seguirme, -el azar existe-, decía mi tío, este seguidor era parecido al dragón blanco de La historia sin fin. Miré para ver si alguien acompañaba al enano, decidimos unir nuestra orfandad y seguimos caminando juntos. Visitamos una casa de juguete resguardada en un médano, pensé, el año que viene estará tapada por la arena. Le conté a mi acompañante que allí vivían dos gnomos muy simpáticos y les robamos flores rodeadas de insectos de azul plateado brillante, que nos comimos entre los dos. La mujer que vive con ellos agregué, florece en verano y se marchita en invierno.
Nos hicimos tan amigos que al volver le dije a mi madre –“El perro es mío, me lo regaló Neptuno el señor de los ojos dorados, porque le hice un altar. Debemos llevarlo con nosotros o una gran tragedia caerá sobre nuestra familia, tendremos que atravesar el pantano de la tristeza”. Mi madre lloró y se angustió, es una persona muy supersticiosa, las tinieblas estaban en su interior- Ella dijo algo que no entendí,” el amor es un arte imposible”, pero mi padre la convenció y llevamos al perro con nosotros.
A Cinnamón no le hizo gracia que le pusiera su nombre, me perdonó, pero ya no me visitó más, igual que la nena de los tules blancos.
C.M.


AGUAS VIVAS


Aguas Vivas
Contaba divertido que el único que lo había pasado mal en las vacaciones era él. Es el menor de la familia, su padre es un hombre de carácter difícil y así lo cría, no sabe lo que eso significa, solo lo dice.
Cuenta: fuimos al mar, no lo había visto nunca y le encantó, decía, me entregué a él, a las embestidas de su poder, su espuma, el frío quemaba mi piel.
 Era pequeño y pensaba que el mar le quería decir algo, el mar insistía en decir algo que no terminaba de decir, va y viene, balbuceaba.
 Nadie me había contado nada, en casa no se hablaba de esas cosas, papá planeaba y nos llevaba a donde él quería. Era una lucha convencerlo de que queríamos ir a otra parte o que deseábamos otra cosa. Diría que mi padre es caprichoso y duro, se parece a un personaje de novelas de detectives, es puro gesto displiciente. Mi hermana mayor decía “machista” y así dirimía sus conflictos con él.
Ese verano nos llevó a la playa, para mí todo era felicidad disconforme, es muy difícil cumplir las expectativas de los padre-.
 Él es un hombre conservador ¿el dinero?, no le gusta gastar en boludeces, o tenía como decía uno de mis tíos,” un cocodrilo en el bolsillo” Yo ligaba muchos retos, me afectaban pero me divertían.
 La relación con el dinero era un tema de inquietud y conversaciones constantes entre mis padres, lo vivían cada uno a su modo, papá era tacaño y mi madre pródiga, ella gastaba mucho, él guardaba, la explicación estaba en su historia personal.
Lo que voy a contar no es inusual, tampoco pretendo que sea original, solo voy a contarlo para pensarlo de nuevo y reírme, ahora me divierto con los recuerdos, ya que en ese momento nada fue gracioso.
Por la mañana íbamos a la playa, el plan era quedarnos todo el día, el cielo era claro, sencillo, había gente por todos los huecos posibles, múltiples segmentos corporales se ofrecían a la exposición solar, algunos dorados y otros tan lechosos que daban pena, el aroma a bronceador, me encantaba, pero llegaba a producirme nauseas.
Sobre la franja de arena se encontraban implementos de torturas para los moluscos, todos buscaban algún bichito debajo de una burbuja con la ilusión de llenar un balde para la cena, algo muy improbable decía mi padre, muy escéptico. Palitas, baldes, pelotas y perros inundaban las ondulaciones del manto de arena blanca. Las olas no abandonaban su furor espumoso y todos chapoteaban en ellas.
Yo me aboqué a mi actividad preferida, a saborear los sánwiches que mamá había preparado. Pronto me adapté al agua helada de nuestra costa, temblaba y mis labios se ponían morados, sin quejas volvía, repetía mis zambullidas, mis incursiones no eran profundas pues no sabía nadar. Seguía a mis hermanos mayores, designados por mi padre para cuidarme y cumplían a su antojo, lo que es decir “ni me miraban”, no existía para ellos, me dejaban hacer libre de custodia y ellos en lo suyo. En especial mi hermano mayor, que siempre parecía tener asuntos más valiosos entre manos y no podía perder el tiempo conmigo.
Con la repetición de los hábitos familiares, me he dado cuenta que mi hermano no fingía, él estaba en otra frecuencia, su cuerpo con nosotros y su mente en otro mundo. A veces cuando recordamos estas cosas o historias del pasado en reuniones divertidas, él dice “no me acuerdo, no es cierto eso que cuentan, son unos farsantes, inventan cualquiera” como si no guardara registro de la infancia.
Así andaba yo, suelto como un ave que rondaba la costa en busca de alimento, pequeñas cosas, alimento para la imaginación.
Mi vuelo era corto, planeaba bajo, temía perder de vista a la familia y luego lamentarlo, ellos no recordaban que yo existía. Me resigné a ser el hermano menor, el hincha llorón, el no deseado que irrumpe en la vida de los demás y les quita la tranquilidad de sus espacios, el que monopoliza a la madre, ya solo por eso me odiaban, madre me adoraba.
La malla no me gustaba, era inusualmente larga, de colores fuertes, me la había regalado mi madrina, ni soñar que me comprarían otra, fue parte de ese verano inolvidable. Me incomodaba para introducirme en el mar, la sensación era que me trababa o me frenaba, pero la queja era en silencio. El agua se embolsaba en ella y debía atar el cordón de la cintura a cada momento, se me caía un poco, nadie advertía mis tribulaciones, esto me sugería la idea de que era una maña mía, una fobia a esa malla colorinche.
Que simple era la vida y que complejo el pensamiento, aun cuando se trataba de algo sencillo como una malla, recuerdo sentirme por momentos muy desgraciado con ese tema, pensando que mis padres no me amaban, por no darse cuenta y ayudarme.
Las relaciones dentro de la familia no eran fáciles, con mi padre se duplicaba la dificultad, él era un hombre fuerte y autosuficiente, pretendía que yo también lo fuera, nunca nada le salía mal, nunca derramaba el jugo o se le caía el sanwich en la arena, podía ponerse muy nervioso con mis problemas, creo que era injusto, conmigo. Intentaba formarme con rigor por ser el más pequeño, temía que mi madre me criara blando, siempre lo dejaba entrever cuando hablaban, decía que el hombre debe ser enérgico, él lo era. Era permanente su llamado de atención cuando lloraba con mi madre, o ella me abrazaba mucho, él estaba en desacuerdo y consideraba que me sobreprotegía y arruinaba su trabajo de padre.
La mañana me daba hambre y con chapuzones de por medio pedía cosas para masticar, me mandaban a jugar, decían “y no aparezcas por un rato, no te quiero escuchar pedir nada”.
 Me iba entonces a agujerear la arena con impudor vengativo, buscaba algún tesoro escondido de las miradas y ser el beneficiario de aventuras o encuentros con la fortuna, que no solo podía ser de mis primos, ellos siempre encontraban cosas enterradas en la arena y de burlaban de mí.
El sol se apoderaba de mi piel, sentía que se estiraba cuando se secaba el agua yodada, me ardía la espalda, me mojaba y ponía la toalla arriba de la cabeza como un manto, mientras, escribía para el olvido sobre los rastros de miles de pisadas, o hacía intentos ridículos de constructor de castillos con foso, puentes y agua que terminaban aplastados por algún pie adulto desconsiderado, en esa época no tenía ninguna idea de que iba a estudiar arquitectura en el futuro.
Que suerte que los niños somos un poco loquitos y no advertimos todo lo que pasa a nuestro alrededor, somos ignorantes de las vicisitudes, no registramos a los adultos como ellos a nosotros, eso nos ayuda a no sufrir la realidad insoportable. Por momentos lo cierto es que los adultos no nos importan, en tanto nos dejen en paz.
Vi que mi hermana estaba parada a la orilla y corría cada vez que las olas venían hacia ella, ese juego de la buena pipa del que no se cansan generaciones de humanos. Decidí que iría a acompañarla, aunque podía adivinar sus palabras “andáte pesado”.
Me acerqué y ella decidió abruptamente correr mar adentro, emitiendo pequeños gritos de sorpresa por lo fresco del agua. Yo la seguí, se internó un poco más y el agua me llegaba a la cintura, la malla me forzaba hacia abajo. De pronto una ola me levanta sin sospechar cuál sería mi destino, la desventura debe ser así, en un instante se pierde la tierra, un remolino de agua en mi boca, mis ojos se nublan, los oídos repiten el sonido del mar y retumban en mi cerebro ¡estoy, muy asustado!
No termina la odisea, siento que me arrastra y golpeo la cabeza contra algo, manoteo el aire ¡el líquido me odia!. Soy una esponja, las esporas de mi cuerpo han permitido que todo entre en él, que el agua me traspase, comunicando el adentro y el afuera de esa bolsa de huesos miserable que quedó tendida en la playa, bajo la mirada de un dios que nos muestra la caída del paraíso. En esa orilla, que podía ser salvadora miré al cielo y entreví el cerco amarillo, destello solar que anunciaba más calamidades.
Pronto estuve rodeado de esos fantasmas transparentes, blancos, acuosos, esféricos, que despiertan terrores de niños y adultos. Las aguas vivas, surcaban muy orondas por mis brazos, jugueteaban con mi calor, se asustaban y electrizaban al contacto, acariciaban mi piel erizada de terror. ¿Grito o me parece que eso es lo que hago?, lloro, creo.
Todos corren, los brazos de mi padre me sacan del agua, me paran de golpe, me pega en la cara un golpecito para hacerme reaccionar y me mira, la intensidad de esa mirada será eterna para mí.
Su mirada me espabila y cuando advierte que estoy consciente me dice “silencio, los hombres no lloran”. Mi voz se pierde en la tarde, en el murmullo indiferente de miles de pupilas, de bocas que comen, que ríen, que fuman, disfrutando de un espectáculo en lo absurdo del día de playa. Testigos de mi bochorno.
Mis brazos están rojos y arden, nadie orinó en ellos, ahora se sabe que eso calma el dolor, no sé si lo hubiera entendido. No, a mí no me calmaron nada, debí sufrirlo como un mártir en la hoguera, miraba al cielo y pedía clemencia.
Si ustedes creen que el evento provocó alguna reacción protectora, o que decidieron volver al departamento para ponerme algo y aliviarme, no se equivoquen, no es así como mi padre nos formó, seguimos en la playa y aquí no ha pasado nada, las cosas cotidianas que ya no cambiarían nunca.
Esta es la sórdida lectura de los hechos, y para mí, debo decirlo ¡nunca el olvido de tal aventura será voluntario!
C.M.