martes, julio 07, 2020

AGUAS VIVAS


Aguas Vivas
Contaba divertido que el único que lo había pasado mal en las vacaciones era él. Es el menor de la familia, su padre es un hombre de carácter difícil y así lo cría, no sabe lo que eso significa, solo lo dice.
Cuenta: fuimos al mar, no lo había visto nunca y le encantó, decía, me entregué a él, a las embestidas de su poder, su espuma, el frío quemaba mi piel.
 Era pequeño y pensaba que el mar le quería decir algo, el mar insistía en decir algo que no terminaba de decir, va y viene, balbuceaba.
 Nadie me había contado nada, en casa no se hablaba de esas cosas, papá planeaba y nos llevaba a donde él quería. Era una lucha convencerlo de que queríamos ir a otra parte o que deseábamos otra cosa. Diría que mi padre es caprichoso y duro, se parece a un personaje de novelas de detectives, es puro gesto displiciente. Mi hermana mayor decía “machista” y así dirimía sus conflictos con él.
Ese verano nos llevó a la playa, para mí todo era felicidad disconforme, es muy difícil cumplir las expectativas de los padre-.
 Él es un hombre conservador ¿el dinero?, no le gusta gastar en boludeces, o tenía como decía uno de mis tíos,” un cocodrilo en el bolsillo” Yo ligaba muchos retos, me afectaban pero me divertían.
 La relación con el dinero era un tema de inquietud y conversaciones constantes entre mis padres, lo vivían cada uno a su modo, papá era tacaño y mi madre pródiga, ella gastaba mucho, él guardaba, la explicación estaba en su historia personal.
Lo que voy a contar no es inusual, tampoco pretendo que sea original, solo voy a contarlo para pensarlo de nuevo y reírme, ahora me divierto con los recuerdos, ya que en ese momento nada fue gracioso.
Por la mañana íbamos a la playa, el plan era quedarnos todo el día, el cielo era claro, sencillo, había gente por todos los huecos posibles, múltiples segmentos corporales se ofrecían a la exposición solar, algunos dorados y otros tan lechosos que daban pena, el aroma a bronceador, me encantaba, pero llegaba a producirme nauseas.
Sobre la franja de arena se encontraban implementos de torturas para los moluscos, todos buscaban algún bichito debajo de una burbuja con la ilusión de llenar un balde para la cena, algo muy improbable decía mi padre, muy escéptico. Palitas, baldes, pelotas y perros inundaban las ondulaciones del manto de arena blanca. Las olas no abandonaban su furor espumoso y todos chapoteaban en ellas.
Yo me aboqué a mi actividad preferida, a saborear los sánwiches que mamá había preparado. Pronto me adapté al agua helada de nuestra costa, temblaba y mis labios se ponían morados, sin quejas volvía, repetía mis zambullidas, mis incursiones no eran profundas pues no sabía nadar. Seguía a mis hermanos mayores, designados por mi padre para cuidarme y cumplían a su antojo, lo que es decir “ni me miraban”, no existía para ellos, me dejaban hacer libre de custodia y ellos en lo suyo. En especial mi hermano mayor, que siempre parecía tener asuntos más valiosos entre manos y no podía perder el tiempo conmigo.
Con la repetición de los hábitos familiares, me he dado cuenta que mi hermano no fingía, él estaba en otra frecuencia, su cuerpo con nosotros y su mente en otro mundo. A veces cuando recordamos estas cosas o historias del pasado en reuniones divertidas, él dice “no me acuerdo, no es cierto eso que cuentan, son unos farsantes, inventan cualquiera” como si no guardara registro de la infancia.
Así andaba yo, suelto como un ave que rondaba la costa en busca de alimento, pequeñas cosas, alimento para la imaginación.
Mi vuelo era corto, planeaba bajo, temía perder de vista a la familia y luego lamentarlo, ellos no recordaban que yo existía. Me resigné a ser el hermano menor, el hincha llorón, el no deseado que irrumpe en la vida de los demás y les quita la tranquilidad de sus espacios, el que monopoliza a la madre, ya solo por eso me odiaban, madre me adoraba.
La malla no me gustaba, era inusualmente larga, de colores fuertes, me la había regalado mi madrina, ni soñar que me comprarían otra, fue parte de ese verano inolvidable. Me incomodaba para introducirme en el mar, la sensación era que me trababa o me frenaba, pero la queja era en silencio. El agua se embolsaba en ella y debía atar el cordón de la cintura a cada momento, se me caía un poco, nadie advertía mis tribulaciones, esto me sugería la idea de que era una maña mía, una fobia a esa malla colorinche.
Que simple era la vida y que complejo el pensamiento, aun cuando se trataba de algo sencillo como una malla, recuerdo sentirme por momentos muy desgraciado con ese tema, pensando que mis padres no me amaban, por no darse cuenta y ayudarme.
Las relaciones dentro de la familia no eran fáciles, con mi padre se duplicaba la dificultad, él era un hombre fuerte y autosuficiente, pretendía que yo también lo fuera, nunca nada le salía mal, nunca derramaba el jugo o se le caía el sanwich en la arena, podía ponerse muy nervioso con mis problemas, creo que era injusto, conmigo. Intentaba formarme con rigor por ser el más pequeño, temía que mi madre me criara blando, siempre lo dejaba entrever cuando hablaban, decía que el hombre debe ser enérgico, él lo era. Era permanente su llamado de atención cuando lloraba con mi madre, o ella me abrazaba mucho, él estaba en desacuerdo y consideraba que me sobreprotegía y arruinaba su trabajo de padre.
La mañana me daba hambre y con chapuzones de por medio pedía cosas para masticar, me mandaban a jugar, decían “y no aparezcas por un rato, no te quiero escuchar pedir nada”.
 Me iba entonces a agujerear la arena con impudor vengativo, buscaba algún tesoro escondido de las miradas y ser el beneficiario de aventuras o encuentros con la fortuna, que no solo podía ser de mis primos, ellos siempre encontraban cosas enterradas en la arena y de burlaban de mí.
El sol se apoderaba de mi piel, sentía que se estiraba cuando se secaba el agua yodada, me ardía la espalda, me mojaba y ponía la toalla arriba de la cabeza como un manto, mientras, escribía para el olvido sobre los rastros de miles de pisadas, o hacía intentos ridículos de constructor de castillos con foso, puentes y agua que terminaban aplastados por algún pie adulto desconsiderado, en esa época no tenía ninguna idea de que iba a estudiar arquitectura en el futuro.
Que suerte que los niños somos un poco loquitos y no advertimos todo lo que pasa a nuestro alrededor, somos ignorantes de las vicisitudes, no registramos a los adultos como ellos a nosotros, eso nos ayuda a no sufrir la realidad insoportable. Por momentos lo cierto es que los adultos no nos importan, en tanto nos dejen en paz.
Vi que mi hermana estaba parada a la orilla y corría cada vez que las olas venían hacia ella, ese juego de la buena pipa del que no se cansan generaciones de humanos. Decidí que iría a acompañarla, aunque podía adivinar sus palabras “andáte pesado”.
Me acerqué y ella decidió abruptamente correr mar adentro, emitiendo pequeños gritos de sorpresa por lo fresco del agua. Yo la seguí, se internó un poco más y el agua me llegaba a la cintura, la malla me forzaba hacia abajo. De pronto una ola me levanta sin sospechar cuál sería mi destino, la desventura debe ser así, en un instante se pierde la tierra, un remolino de agua en mi boca, mis ojos se nublan, los oídos repiten el sonido del mar y retumban en mi cerebro ¡estoy, muy asustado!
No termina la odisea, siento que me arrastra y golpeo la cabeza contra algo, manoteo el aire ¡el líquido me odia!. Soy una esponja, las esporas de mi cuerpo han permitido que todo entre en él, que el agua me traspase, comunicando el adentro y el afuera de esa bolsa de huesos miserable que quedó tendida en la playa, bajo la mirada de un dios que nos muestra la caída del paraíso. En esa orilla, que podía ser salvadora miré al cielo y entreví el cerco amarillo, destello solar que anunciaba más calamidades.
Pronto estuve rodeado de esos fantasmas transparentes, blancos, acuosos, esféricos, que despiertan terrores de niños y adultos. Las aguas vivas, surcaban muy orondas por mis brazos, jugueteaban con mi calor, se asustaban y electrizaban al contacto, acariciaban mi piel erizada de terror. ¿Grito o me parece que eso es lo que hago?, lloro, creo.
Todos corren, los brazos de mi padre me sacan del agua, me paran de golpe, me pega en la cara un golpecito para hacerme reaccionar y me mira, la intensidad de esa mirada será eterna para mí.
Su mirada me espabila y cuando advierte que estoy consciente me dice “silencio, los hombres no lloran”. Mi voz se pierde en la tarde, en el murmullo indiferente de miles de pupilas, de bocas que comen, que ríen, que fuman, disfrutando de un espectáculo en lo absurdo del día de playa. Testigos de mi bochorno.
Mis brazos están rojos y arden, nadie orinó en ellos, ahora se sabe que eso calma el dolor, no sé si lo hubiera entendido. No, a mí no me calmaron nada, debí sufrirlo como un mártir en la hoguera, miraba al cielo y pedía clemencia.
Si ustedes creen que el evento provocó alguna reacción protectora, o que decidieron volver al departamento para ponerme algo y aliviarme, no se equivoquen, no es así como mi padre nos formó, seguimos en la playa y aquí no ha pasado nada, las cosas cotidianas que ya no cambiarían nunca.
Esta es la sórdida lectura de los hechos, y para mí, debo decirlo ¡nunca el olvido de tal aventura será voluntario!
C.M.

"El Ojo"

  El ojo El día plomizo enajenaba su vista, fruncía el entrecejo y entornaba los ojos, el verde desbordaba los parques.  Cruzó la calle rumb...