Aguas Vivas
Contaba
divertido que el único que lo había pasado mal en las vacaciones era él. Es el
menor de la familia, su padre es un hombre de carácter difícil y así lo cría,
no sabe lo que eso significa, solo lo dice.
Cuenta: fuimos
al mar, no lo había visto nunca y le encantó, decía, me entregué a él, a las
embestidas de su poder, su espuma, el frío quemaba mi piel.
Era pequeño y pensaba que el mar le quería
decir algo, el mar insistía en decir algo que no terminaba de decir, va y
viene, balbuceaba.
Nadie me había contado nada, en casa no se
hablaba de esas cosas, papá planeaba y nos llevaba a donde él quería. Era una
lucha convencerlo de que queríamos ir a otra parte o que deseábamos otra cosa.
Diría que mi padre es caprichoso y duro, se parece a un personaje de novelas de
detectives, es puro gesto displiciente. Mi hermana mayor decía “machista” y así
dirimía sus conflictos con él.
Ese verano nos
llevó a la playa, para mí todo era felicidad disconforme, es muy difícil
cumplir las expectativas de los padre-.
Él es un hombre conservador ¿el dinero?, no le
gusta gastar en boludeces, o tenía como decía uno de mis tíos,” un cocodrilo en
el bolsillo” Yo ligaba muchos retos, me afectaban pero me divertían.
La relación con el dinero era un tema de
inquietud y conversaciones constantes entre mis padres, lo vivían cada uno a su
modo, papá era tacaño y mi madre pródiga, ella gastaba mucho, él guardaba, la
explicación estaba en su historia personal.
Lo que voy a
contar no es inusual, tampoco pretendo que sea original, solo voy a contarlo
para pensarlo de nuevo y reírme, ahora me divierto con los recuerdos, ya que en
ese momento nada fue gracioso.
Por la mañana
íbamos a la playa, el plan era quedarnos todo el día, el cielo era claro,
sencillo, había gente por todos los huecos posibles, múltiples segmentos
corporales se ofrecían a la exposición solar, algunos dorados y otros tan
lechosos que daban pena, el aroma a bronceador, me encantaba, pero llegaba a
producirme nauseas.
Sobre la franja
de arena se encontraban implementos de torturas para los moluscos, todos
buscaban algún bichito debajo de una burbuja con la ilusión de llenar un balde
para la cena, algo muy improbable decía mi padre, muy escéptico. Palitas,
baldes, pelotas y perros inundaban las ondulaciones del manto de arena blanca.
Las olas no abandonaban su furor espumoso y todos chapoteaban en ellas.
Yo me aboqué a
mi actividad preferida, a saborear los sánwiches que mamá había preparado. Pronto
me adapté al agua helada de nuestra costa, temblaba y mis labios se ponían
morados, sin quejas volvía, repetía mis zambullidas, mis incursiones no eran
profundas pues no sabía nadar. Seguía a mis hermanos mayores, designados por mi
padre para cuidarme y cumplían a su antojo, lo que es decir “ni me miraban”, no
existía para ellos, me dejaban hacer libre de custodia y ellos en lo suyo. En
especial mi hermano mayor, que siempre parecía tener asuntos más valiosos entre
manos y no podía perder el tiempo conmigo.
Con la
repetición de los hábitos familiares, me he dado cuenta que mi hermano no
fingía, él estaba en otra frecuencia, su cuerpo con nosotros y su mente en otro
mundo. A veces cuando recordamos estas cosas o historias del pasado en reuniones
divertidas, él dice “no me acuerdo, no es cierto eso que cuentan, son unos
farsantes, inventan cualquiera” como si no guardara registro de la infancia.
Así andaba yo,
suelto como un ave que rondaba la costa en busca de alimento, pequeñas cosas,
alimento para la imaginación.
Mi vuelo era
corto, planeaba bajo, temía perder de vista a la familia y luego lamentarlo,
ellos no recordaban que yo existía. Me resigné a ser el hermano menor, el
hincha llorón, el no deseado que irrumpe en la vida de los demás y les quita la
tranquilidad de sus espacios, el que monopoliza a la madre, ya solo por eso me
odiaban, madre me adoraba.
La malla no me
gustaba, era inusualmente larga, de colores fuertes, me la había regalado mi
madrina, ni soñar que me comprarían otra, fue parte de ese verano inolvidable.
Me incomodaba para introducirme en el mar, la sensación era que me trababa o me
frenaba, pero la queja era en silencio. El agua se embolsaba en ella y debía
atar el cordón de la cintura a cada momento, se me caía un poco, nadie advertía
mis tribulaciones, esto me sugería la idea de que era una maña mía, una fobia a
esa malla colorinche.
Que simple era
la vida y que complejo el pensamiento, aun cuando se trataba de algo sencillo
como una malla, recuerdo sentirme por momentos muy desgraciado con ese tema,
pensando que mis padres no me amaban, por no darse cuenta y ayudarme.
Las relaciones
dentro de la familia no eran fáciles, con mi padre se duplicaba la dificultad,
él era un hombre fuerte y autosuficiente, pretendía que yo también lo fuera,
nunca nada le salía mal, nunca derramaba el jugo o se le caía el sanwich en la
arena, podía ponerse muy nervioso con mis problemas, creo que era injusto,
conmigo. Intentaba formarme con rigor por ser el más pequeño, temía que mi
madre me criara blando, siempre lo dejaba entrever cuando hablaban, decía que
el hombre debe ser enérgico, él lo era. Era permanente su llamado de atención
cuando lloraba con mi madre, o ella me abrazaba mucho, él estaba en desacuerdo
y consideraba que me sobreprotegía y arruinaba su trabajo de padre.
La mañana me
daba hambre y con chapuzones de por medio pedía cosas para masticar, me
mandaban a jugar, decían “y no aparezcas por un rato, no te quiero escuchar
pedir nada”.
Me iba entonces a agujerear la arena con impudor
vengativo, buscaba algún tesoro escondido de las miradas y ser el beneficiario
de aventuras o encuentros con la fortuna, que no solo podía ser de mis primos,
ellos siempre encontraban cosas enterradas en la arena y de burlaban de mí.
El sol se
apoderaba de mi piel, sentía que se estiraba cuando se secaba el agua yodada,
me ardía la espalda, me mojaba y ponía la toalla arriba de la cabeza como un
manto, mientras, escribía para el olvido sobre los rastros de miles de pisadas,
o hacía intentos ridículos de constructor de castillos con foso, puentes y agua
que terminaban aplastados por algún pie adulto desconsiderado, en esa época no
tenía ninguna idea de que iba a estudiar arquitectura en el futuro.
Que suerte que
los niños somos un poco loquitos y no advertimos todo lo que pasa a nuestro
alrededor, somos ignorantes de las vicisitudes, no registramos a los adultos
como ellos a nosotros, eso nos ayuda a no sufrir la realidad insoportable. Por
momentos lo cierto es que los adultos no nos importan, en tanto nos dejen en
paz.
Vi que mi
hermana estaba parada a la orilla y corría cada vez que las olas venían hacia
ella, ese juego de la buena pipa del que no se cansan generaciones de humanos.
Decidí que iría a acompañarla, aunque podía adivinar sus palabras “andáte
pesado”.
Me acerqué y
ella decidió abruptamente correr mar adentro, emitiendo pequeños gritos de
sorpresa por lo fresco del agua. Yo la seguí, se internó un poco más y el agua
me llegaba a la cintura, la malla me forzaba hacia abajo. De pronto una ola me
levanta sin sospechar cuál sería mi destino, la desventura debe ser así, en un
instante se pierde la tierra, un remolino de agua en mi boca, mis ojos se
nublan, los oídos repiten el sonido del mar y retumban en mi cerebro ¡estoy, muy
asustado!
No termina la
odisea, siento que me arrastra y golpeo la cabeza contra algo, manoteo el aire
¡el líquido me odia!. Soy una esponja, las esporas de mi cuerpo han permitido
que todo entre en él, que el agua me traspase, comunicando el adentro y el
afuera de esa bolsa de huesos miserable que quedó tendida en la playa, bajo la
mirada de un dios que nos muestra la caída del paraíso. En esa orilla, que
podía ser salvadora miré al cielo y entreví el cerco amarillo, destello solar
que anunciaba más calamidades.
Pronto estuve
rodeado de esos fantasmas transparentes, blancos, acuosos, esféricos, que
despiertan terrores de niños y adultos. Las aguas vivas, surcaban muy orondas
por mis brazos, jugueteaban con mi calor, se asustaban y electrizaban al
contacto, acariciaban mi piel erizada de terror. ¿Grito o me parece que eso es
lo que hago?, lloro, creo.
Todos corren,
los brazos de mi padre me sacan del agua, me paran de golpe, me pega en la cara
un golpecito para hacerme reaccionar y me mira, la intensidad de esa mirada
será eterna para mí.
Su mirada me espabila
y cuando advierte que estoy consciente me dice “silencio, los hombres no
lloran”. Mi voz se pierde en la tarde, en el murmullo indiferente de miles de
pupilas, de bocas que comen, que ríen, que fuman, disfrutando de un espectáculo
en lo absurdo del día de playa. Testigos de mi bochorno.
Mis brazos están
rojos y arden, nadie orinó en ellos, ahora se sabe que eso calma el dolor, no
sé si lo hubiera entendido. No, a mí no me calmaron nada, debí sufrirlo como un
mártir en la hoguera, miraba al cielo y pedía clemencia.
Si ustedes creen
que el evento provocó alguna reacción protectora, o que decidieron volver al
departamento para ponerme algo y aliviarme, no se equivoquen, no es así como mi
padre nos formó, seguimos en la playa y aquí no ha pasado nada, las cosas
cotidianas que ya no cambiarían nunca.
Esta es la
sórdida lectura de los hechos, y para mí, debo decirlo ¡nunca el olvido de tal
aventura será voluntario!
C.M.