miércoles, julio 08, 2020

Estanislao

Estanislao

Un sacerdote ignoto que pudo llamarse Mario relata una historia semejante a esta.
Estanislao, hijo de Osvaldo, es bello y pálido, todos lo aman y bendicen. Él cree que ama a dios, el silencio, el escondite en la capilla, donde se encuentra con él. Su padre quiere que olvide a ese dios que lo sorprende en la noche y lo asusta. Él sabe de la mirada dura de su padre y su mano de hierro, siempre en movimiento, que sólo se detiene sobre su cabeza.
Es de noche y los mozos del galpón ríen y beben, algunos truenos a lo lejos, los caballos se agitan y relinchan.
El Joven en su cuarto ora " Señor no permitas que ese hombre ponga su mano de hierro en mi corazón". Se oye un trueno más fuerte y cercano. La noche se cierra, los caballos duermen de pie, los hombres en sus camastros de heno, la tormenta esta lejos. Estanislao desde su ventana mira el rumor de la luna y en el momento en que el brillo de esta se cierne sobre el espejo, él ve su rostro, el que ama su madre, luego deja lugar a una máscara enrojecida e inflamada. Ríe atribulado, nadie lo escucha. Llora y duerme.
En otra noche, por esa misma ventana aparece una forma extraña que no reconoce, viene de lo desconocido. Le revela que es un ángel, le dice que el señor no quiere que sufra, que lo ama bello y pálido, después sólo se oye el croar de las ranas de octubre.
Amanece, un grupo de gigantes armados atraviesan el patio de tierra caliente...   Junto a los caballos, los bueyes y el olor del establo, las carretas están preparadas para la partida, sus ejes rechinan, los hombres avanzan y ajustan los herrajes. La estación cálida lentifica las acciones, se oyen risas, bromas burdas. Parado frente los bueyes el joven habla con dios, que lo quiere joven y bello, la felicidad es de otro mundo. 
Un carro se mueve, traquetea y los hombres suben con estrépito. El Niño mira sus pies desnudos, son una masa enrojecida, temeroso cierra los ojos, baila y ríe, su padre lo mira, lo llama, le toca los brazos con los que rodea la escena, él tío se acerca y le acaricia los cabellos, en cada uno de ellos él ve el ángel.
Los hombres lo saludan con la mano, ríe inefable. Parten antes del alba, las pesadas patas de las bestias levantan vuelo, la bruma los hace desaparecer.
Estanislao siente el día, quiere verlo alumbrar a los pájaros, mira sus manos, toda su sangre se ha detenido en ellas.
Con el corazón encogido, vacío, entra a la cocina, en el hornillo crepita la olla, la leche rezuma, acerca sus manos, ordena a la espuma que baje.
La vida es ahora, la hora presente, su mano sujeta el asa hirviente, realiza un movimiento para Dios, es bello para él y nadie más, tiembla, existe aún apenas, el ángel lo mira, se alegra.  No volverá a verlo.

"El Ojo"

  El ojo El día plomizo enajenaba su vista, fruncía el entrecejo y entornaba los ojos, el verde desbordaba los parques.  Cruzó la calle rumb...