De universos
brutales
Pasábamos por el ligustro alto como un hombre, rodeaba un jardín lleno de plantas negras donde no daba el sol y daba miedo vivir allí.
El loro
recorría el ligustro como una penitencia invariable,
vestido con
un chaquet verde brillante y una coronita roja y amarilla, se pavoneaba como un
rey malvado, presto para castigarte si te atrevías a acercarte.
Recuerdo mi miedo feroz y la saliva salada y
amarga como lágrimas en los ojos.
Y no poder llorar,
porque a ese niño en la caja blanca, rodeado de gladiolos blancos voluptuosos y
rosas con espinas y un tul finísimo como las babas del diablo, yo, no lo
conocía. Pero sentía que algo terrible y blanco le había sucedido.
