miércoles, agosto 19, 2020

La Caja


 

Mi padre era constructor, no había llegado a ser arquitecto y trabajaba como si fuera un obrero. 

Sobre el tablero de dibujo descansaba una caja que yo recordaba, era eterna en ese espacio que  frecuentaba.

Admiraba sus dibujos en grandes pliegos de papel de tela engomada de color celeste, extendidos y fijados con chinches doradas como escarabajos egipcios en las pinturas del faraón. Era su lugar de trabajo, donde ponía las obras de su imaginación, como las del niño que había sido.

Como él sabía de mi afición, le gustaba poner detalles para que los descubriera y me hacía preguntas sobre las sorpresas, desafiaba mi imaginación, guiándome por los caminos de la creación. Aprovechaba y me narraba sus sueños más feroces, fabulosos de desesperación. 

En la caja guardaba sus más preciados tesoros, instrumentos, que de sólo verlo manipulándolos hubieran sabido de su amor, sin principio ni fin. Sobre esa caja había desarrollado yo mi memoria, como en un bazar oriental de colorido y brillos. A veces el sol curioso se deslizaba por la ventana y se mezclaba con el metal del compás, del tiralíneas, jugaba con gomas redondas engarzadas en centros plateados, como un collar blanco precioso. Y jugaban conmigo empapándome de destellos mágicos, un rayo de luna en la noche.

De pronto, podía adquirir protagonismo de bailarín un lápiz trompeta de culito de goma, que bosquejaba maravillas sobre el papel de envolver que él me daba, para que jugara con líneas que los caprichos del azar ponían en mis manos. O la cadencia de un móvil, en  una ristra de pruebas de papel color que giraban al son de una cadenita de brillante gris  y despertaba mágicos tintineos de carrusel.
 Juré solemnemente y estampando, sino con mi sangre, sí con tinta china roja del corazón, que nunca olvidaría estos momentos.

 A veces, un plumerillo juguetón danzaba sobre el tablero y todo adquiría sentido para mí, la vida era ese pequeño mundo en travelling con fanfarria
La mano cobraba vida y subida en el taburete alto observaba la pericia del dibujante. Acariciaba el papel para dejar rastros de su enigma, podía surgir un palacio de hielo en las profundidades de una roca. O el tiempo, saltimbanqui incorregible, le daba cuerda a personajes de pies diminutos que debían dar saltitos para moverse, todo adquiría el color de la felicidad y luego me lo regalaba para mi colección.
A fuerza de ser natural creció en mí la ilusión de vida eterna. 

Cuando perdí a mi padre la indefensión se apoderó de mi corazón, sorprendiéndome ante un evento inesperado. Yo era hija y había dejado de serlo para habitar la casa de la orfandad.
La caja siguió impertérrita su vida sobre el tablero, la soledad la afectaba pues el color varió al amarillo a dolor grisáceo. Yo le veía desde la distancia, no lograba acercarme y unir mi dolor a ella. Intuí un tiempo increíble de duelo sin palabras, ni presencia.

Una tarde, luego del colegio, en un silencio de caverna, inventé un sonido, me dispuse a seguir su  rastro y me llevó frente a la caja. Allí parada, sentí la brisa fresca de una noche estrellada cerca del río, muy cerca del corazón de papá, la abrí y allí estaban ellos, sus instrumentos de tortura y caricias al papel.

Yo, era otra, no quise sentir nada, ahogué los pensamientos en el río de la emoción y deje abierta la caja, con la secreta ilusión de que ellos brincarían a la vida y se irían volando en el viento del " nunca jamás".  Mis dedos recorrieron la calidez y la frescura, no todos estaban aún preparados para aceptar el cambio. Tomé un porta plumas y coloque una de las más finas, moje su respingado pico y escribí con esmero el nombre de él en una hoja que había dibujado y se encontraba sobre la mesa, una hoja de otoño verde morada, símil de una mano, la mano de mi padre.

C.M.

 

 

"El Ojo"

  El ojo El día plomizo enajenaba su vista, fruncía el entrecejo y entornaba los ojos, el verde desbordaba los parques.  Cruzó la calle rumb...