viernes, octubre 01, 2010

EL CAPULLO

EL CAPULLO
El verano se acercaba lentamente, los primeros días calurosos ya habían comenzado. En la ciudad donde vivíamos no había palacios regios donde pudiéramos perdernos durante nuestros juegos. Y aunque la proximidad de las creaciones dinásticas jamás hubiesen podido estorbar mis juegos, aún así se adueñaban de mis ficciones fantásticas sobre reinados y reyes.
La lucha diaria consistía en defender mi territorio, tarea nada fácil por los enemigos que se confabulaban contra mis posesiones.
Un misterio a defender consistía en los libros que mi madre compraba y pasaban a pertenecerme, y egoístamente no compartía pues consideraba que nadie era merecedor de sus dones.
A veces sufría derrotas terribles en luchas con otros que codiciaban lo mismo que yo, lo que yo consideraba mis trofeos y de los que hacía gala en toda oportunidad me eran arrebatados, y me entristecía tan notoriamente que lograba me fueran devueltos en contra de su voluntad. Se armaban luchas intestinas en el reino, y los monarcas no siempre estaban de mi parte.
La seducción que ejercían los libros en mi me hacían cada vez más ambiciosa y los demás se consideraban victoriosos si no lograban dejar indemnes mis tesoros. La felicidad conseguida tras una lectura era tan contagiosa que producía espejismos de palabras que atrapaban a los que me rodeaban.
Podría haber franqueado la entrada a esta isla del tesoro si hubiera considerado iguales a mis hermanos, soberbia, solo yo disponía de la capacidad de decidirlo. Tanta arrogancia no podía ser tomada a la ligera y los juramentos en mis hermanos no me fueron del todo ajenos.
Fue una tarde en que todo esto cambió, y sufrí la primera de mis derrotas. Me habían dicho que mi hermana tenía una nueva mascota y que no pensaba compartir su hallazgo conmigo debido a mi egoísmo.
La provocación dio sus frutos y comenzó a serme del todo seductora, aún no sabiendo de que se trataba comencé acechar a mi hermana para lograr llegar a su secreto.
Ella había intentado muchas veces apropiarse de mi isla encantada,fracasando, y lo lograba con este misterio devolviéndome el menoscabo.
Al fin debo reconocer que mi isla se perdió y con ella mis pretensión de originalidad. Mi dolor no hubiera sido tan inconsolable si con ello hubiera conquistado el botín de mi hermana.
Ocurrió que había encontrado en una morera del patio de la abuela, en una tarde de aquellas en que las fantasías se entretejen con los calores de las siestas del verano, un capullo blanco adherido a una rama. Se asemejaba a aquellos algodones de fino azúcar hilado que se vendían en las ferias de diversiones y que nuestro padre solía comprarnos.
El capullo de una solidez inexpugnable encerraba un secreto, nada traslucía su entretejido suave. Ella con maestría seducía a un público ávido de maravillas.
Consciente de los peligros que la acechaban guardaba celosamente el capullo en una caja con la cual dormía.
Fui promovida de golpe a la posición de envidiosa. Olvidando mis antiguas posesiones solo una idea se hizo carne en mí, apropiarme de aquello que me arrojaba a los rincones del olvido aunque fuera castigada por ello. Sentí la punzada de los celos en la carne, súbitamente había pasado a segundo plano y mi ego no lo permitiría, peligro que en una familia numerosa se está expuesto a padecer.
El deseo de posesión me habitaba desde siempre, pero nunca tan fuerte como cuando sentía que quedaba fuera de la escena.
Como una voluntad ajena se manifestaban en mí pensamientos, y me encontraba planeando la apropiación de aquello que se me negaba. Estaba destinada a perderme y aún así valía la pena intentarlo.
Acechaba los movimientos de mi hermana buscando la oportunidad de tomar la caja, la escondía entre las sabanas de su cama cuando salía del cuarto.
Aquella mañana pasar de mi cama a la suya fue un relámpago, la maniobra hecha sin certeza me hizo perder pié, pues mi cama se hallaba por encima de la de ella. Una nube blanca invadió mi visión al caer. Algo frío cayó sobre mi cara y seguidamente resbaló por mi cuello.
El corazón me palpitaba, no sin esfuerzo me incorporé, al mirar hacia el piso vi la caja en el mismo y sobre mi pié observé un largo tallo verde esmeralda, a medida que me inclinaba para tomarlo en mis manos descubría sus movimientos y los diferentes colores que lo cubrían, ya no solo el verde sino también amarillos y negros.
Atávico, el terror a lo desconocido motivó un brusco movimiento provocando una voltereta del animal que saltó por el aire cayendo sobre la cama, pude observar así que el capullo ya no existía, la transformación había dado paso a un gusano gordo y formidable que se movía ondulante.
Prendido a su cola colgaba parte de aquel suave y hermoso tejido hilado que me atrajera, igual que la sonrisa de la boca de mi hermana que me observaba desde la puerta del cuarto.
Había ocurrido en aquel tiempo una mágica transformación que lograría que mi posición frente a mis hermanos se conmoviera, y como aquel capullo había caído para mí el falso velo que me aislaba de ellos.
C.M

Copyright CECILIA MAIDANA © Todos los Derechos Reservados – 2010.