sábado, octubre 23, 2010

LA GALLARETA, una historia controvertida I

Flor de Marucuyá, la pasionaria.
Entrada a La Gallareta desde la ruta 11

La vieja estación del tren que llevaba a La Gallareta


La chimenea de la fabrica La Forestal, en octubre se realiza la fiesta del amigo y se enciende una fogata en los túneles que pasan por debajo de ella,el humo se eleva hacia el cielo como en la época de su pleno apogeo.



Puerta de la habitación donde dormía.

Casa de los abuelos


Después de cincuenta años , "a la mitad del viaje de nuestra vida..." como dice el Dante en la Divina Comedia, me encontré pensando en un viaje al encuentro de mis raices. Un viaje al lugar donde nací no por accidente, sinó por elección de mi madre que fué a dar a luz a sus tres primeros hijos a ese pueblo del Norte Argentino donde vivían sus padres.

Pero antes de hablar del bien que allí encontré, revelaré las demás cosas que he visto.

La elección de este viaje es evidente, encontrarme con mi pueblo, ver el estado de las cosas y su gente, conocer más sobre mis orígenes, los lugares donde viviera mi padre de soltero, antes de conocer a mi madre en ese mismo pueblo, su lugar como trabajador de La Forestal.

Esta es la otra razón, ver personalmente esa fábrica de tanino que plantaran los ingleses, sobre tierras concedidas por el Gobierno Nacional en pago de una deuda con ellos. Conocer las historias de los hacheros, de la gente del lugar y de lo poco que queda en el pueblo, que no es tan poco como yo imaginaba.

Recordé el párrafo del Dante como una introducción a este viaje iniciático, ya que no es casual que fuera ahora que transcurre la segunda mitad de mi vida, es una idea que fue madurando durante un año, entre temores, ansiedades e inconvenientes. No era fácil para mi ir al encuentro de mis primeros recuerdos de niña, lo vivido y ya diluído en el tiempo.

Vale decir que lo que recordaba ya no existe, empezando por la casa de mis abuelos, allí donde nací, fué doloroso ver que la casa es hoy una choza utilizada para guardar el ganado, gallinas y demás. En mis recuerdos era hermosa, una típica casa construída por La Forestal, techos a dos aguas,muy cómoda, espaciosa, con galería al frente y detrás de la casa, donde transcurría la vida de la familia.

Mi abuela cultivaba todo tipo de flores que en ese suelo daban colores perfumados, malvones rojos inmesos, dalias, conejitos, lirium, alverjillas coloreaban los alambrados despidiendo perfume e incitando a olerlas, así como enredaderas de la flor de la pasión,llamada también:la pasionaria,clavos de Cristo, el Marucuyá.

Hoy no hay nada de eso solo pasto verde con florcitas rosadas, sin árboles, ni enredaderas, ni perfumes,ni colores , ni plantitas de especias, solo yuyo salvaje, pero aún así sentí un golpe en el corazón, la emoción brotando de mis ojos traicioneros.

Hice lo que mejor se hacer, saqué fotos y disfruté cada momento de la mirada, de las caminatas, de los restos, armando con la paciencia de un arqueólogo una ciudad que hoy solo mora en el recuerdo de sus pobladores y de los que fueron felices en ella.

C.M

Copyright CECILIA MAIDANA© Todos los Derechos Reservados – 2010.

martes, octubre 05, 2010

EL LEGADO

El Legado

El único mueble de mi madre al que podía acceder sin que me reprendiera por inmiscuirme en cosas ajenas, era la alacena que estaba ubicada en un costado de la cocina.
Mi afición por los lugares cerrados provenía de una vocación por el secreto y el ocultamiento que había aprendido tempranamente, estrategias que mis padres practicaban y se desviaban de los fines que perseguían.
Pensaba que los muebles prohibidos de mis padres eran mi heredad, me obligaban a elegir en esa heredad, sentía que guardaban objetos siniestros, me era indiferente a cuál podía acceder siempre que fueran de ellos.
Introducirme a los lugares más recónditos de esos muebles vedados significaba un viaje seductor y fantástico a lo desconocido.
Para mi encubría una tradición, según antiquísima costumbre mamá ponía sus cosas en cajas, cajitas, compartimentos, y mucha veces envolvía cosas valiosas en medias que eran descartadas del uso.
La prohibición resultaba un acicate mayúsculo para mi imaginación, desenfrenada en aquella época, creía captar en aquellos fragmentos de su existencia la esencia de mis seres queridos.
Si encontraba algún nuevo calcetín enrollado con cosas en su seno la respiración se me ponía frenética, me latía el corazón y podía sentir adrenalina surcando los canales de mis venas.
A la distancia de aquellas incursiones vedadas yo salía más proclive a fantasear historias, y con una sensibilidad nerviosa surgida de esa heroicidad.
Me convertí en una apostata de los lugares sagrados de la familia, a nadie se le escapaba que allí nuestros progenitores escondían dinero, joyas o secretos que merecían ser ocultados.
En plano de descubrir, un libro muy gordo llamó mi atención, en su portada se divisaba un cuerpo humano en su interioridad, abrirlo significaba un castigo severo del cual me fue imposible tener perspectiva alguna.
Planee con discreción y sin compartir, característica mía en la infancia, sacar aquel libro de su guarida, pues barruntaba que en sus hojas, muchas por cierto, debía encontrar magia y fabulosos secretos.
Comenzaba una etapa en que la principiante que era en estos menesteres iba complejizándose, para transformarme en la reina de las atisbadoras.
Recuerdo la primera vez en que el libro salió de su ostracismo, si su peso se hubiera convertido en oro hubiera sido rica, y hubiera importado menos que la suma de todas sus hojas. Estas eran finas, algunas de suave trasparencia y con abundantes grabados, coloridos, inexplicables a mis ojos, sin que por eso perdiera el máximo valor asignado al descubrimiento.
Me sentía proclive a divulgar mis nuevos conocimientos y así convertirme en un portento de saber, pues advertía que allí, entre esas páginas estaba la verdad que los adultos negaban a nuestra curiosidad. Pero aquella profanación al vientre de los muebles de mis padres sería menos valorada ,que castigada, callé entonces en orden de una previsión intuida, más que sabida.
El mueble que contenía el libro en cuestión iba rodeándose de un aire malsano, pues entendía que cada incursión en su interior significaba la pérdida de la fe de mi madre en mi, aún así introducía mi mano hasta encontrarlo entre la ropa de invierno, a veces por el grado de ansiedad que desplegaba no lo encontraba con la premura que me era habitual y sospechaba con odio que mis padres lo habían sacado del lugar para mi pesar.
Desarrollé ver con mis oídos, cualquier ruido era una visión de quien se acercaba, esta operación tuvo que ser pagada con una pérdida. La llegada de mi padre me era advertida por los ruidos producidos por las llaves que colgaban de su cinturón, me hacían visualizar cada lugar que recorría antes de que llegara a la habitación para cambiarse de ropa.
Presenciaba sin saberlo el fin de mi inocencia y la prohibición había sido quien lo hiciera posible, ya no encontraba más magia en otras cosas que no fueran las que necesitaran de mi atrevimiento.
Poco importante fue el hecho de que aquel libro solo se tratase del cuerpo humano sin velos, órganos internos y externos que nunca había visto con tanta verosimilitud, la historia de la humanidad en sus órganos no despertaron en mi más que indiferencia, pero las sensaciones de llegar hasta él marcaron una vía facilitada para sentir.
Había diferido y luego obtenido un placer espúreo por espiar las cosas de otros.
Con la exactitud de quien conoce el derrotero me apliqué al caos de los cajones de mi padre donde se acumulaban objetos de todo tipo, producto de excursiones por la ciudad y sus viajes. Motivado por un coleccionismo atípico, no le habitaba un deseo de completud, sino el hecho de que fuera en el mejor de los casos, perfectible. De este modo tampoco incorporaba las piezas a un espacio ordenado y artificioso para lucirlas.
Esta práctica me exigía veneración y sacrificios, porque lentamente había dejado de jugar con los niños de la casa, para volverme una solitaria que valoraba más la soledad donde podía pensar en aquello descubrimientos.
Aquel hombre, mi padre, pensaba que todo lo que se encerraba vivía por más tiempo, cualquier cosa que le resultaba interesante justificaba suspender su circulación.
Nunca supo que compartíamos el placer por lo oculto, y que mi goce era renovar lo antiguo mediante su posesión y esto fue convirtiéndose en el motivo de mi propia colección que poco a poco había ido amontonándose en los cajones y muebles de mi habitación, convirtiéndome en una especie de semejante de mi padre, quien una vez desaparecido dejó a mi cuidado todos sus tesoros.
Abrir aquellas cajas a la luz del sol, ya no suscitaban la misma sensación que en el pasado en la oscuridad de su habitación, no porque hubiera conocido su contenido. Sabía que allí se encontraba un tesoro de valor incalculable consistente en el coleccionismo de inutilidades como monedas de plata, billetes antiguos, fotos antiguas, biromes con una bailarina en su interior sumergida en un líquido que si se lo mecía se quedaba sin ropa, juguetes a cuerda que ejecutaban diferentes movimientos, estiletes regalados o comprados en sus viajes, pelotas de colores con animales en su interior, lápices y gomas de diferentes diseños y colores, linternas pequeñas, y cuanta curiosidad había pasado por sus manos durante su larga vida.
Una colección única que resultaba difícil ordenar. De haber sido posible hubiera significado la destrucción de un tesoro mítico perteneciente a lo menos conocido de mi padre, ese lado oscuro que aún permanece intacto y guardado en sus cajas, que se sumaron a las mías en un cuarto en el que mis hijos adoran jugar.
Con ellos una vez cada tanto, entre todos, como en una ceremonia, solemos desplegar la hetereogénea fila de objetos que a medida que se van descubriendo conforman un piélago sobre el piso de la habitación, despertando reverencia y pavor.

C. M


Copyright CECILIA MAIDANA© Todos los Derechos Reservados – 2010.

viernes, octubre 01, 2010

EL CAPULLO

EL CAPULLO
El verano se acercaba lentamente, los primeros días calurosos ya habían comenzado. En la ciudad donde vivíamos no había palacios regios donde pudiéramos perdernos durante nuestros juegos. Y aunque la proximidad de las creaciones dinásticas jamás hubiesen podido estorbar mis juegos, aún así se adueñaban de mis ficciones fantásticas sobre reinados y reyes.
La lucha diaria consistía en defender mi territorio, tarea nada fácil por los enemigos que se confabulaban contra mis posesiones.
Un misterio a defender consistía en los libros que mi madre compraba y pasaban a pertenecerme, y egoístamente no compartía pues consideraba que nadie era merecedor de sus dones.
A veces sufría derrotas terribles en luchas con otros que codiciaban lo mismo que yo, lo que yo consideraba mis trofeos y de los que hacía gala en toda oportunidad me eran arrebatados, y me entristecía tan notoriamente que lograba me fueran devueltos en contra de su voluntad. Se armaban luchas intestinas en el reino, y los monarcas no siempre estaban de mi parte.
La seducción que ejercían los libros en mi me hacían cada vez más ambiciosa y los demás se consideraban victoriosos si no lograban dejar indemnes mis tesoros. La felicidad conseguida tras una lectura era tan contagiosa que producía espejismos de palabras que atrapaban a los que me rodeaban.
Podría haber franqueado la entrada a esta isla del tesoro si hubiera considerado iguales a mis hermanos, soberbia, solo yo disponía de la capacidad de decidirlo. Tanta arrogancia no podía ser tomada a la ligera y los juramentos en mis hermanos no me fueron del todo ajenos.
Fue una tarde en que todo esto cambió, y sufrí la primera de mis derrotas. Me habían dicho que mi hermana tenía una nueva mascota y que no pensaba compartir su hallazgo conmigo debido a mi egoísmo.
La provocación dio sus frutos y comenzó a serme del todo seductora, aún no sabiendo de que se trataba comencé acechar a mi hermana para lograr llegar a su secreto.
Ella había intentado muchas veces apropiarse de mi isla encantada,fracasando, y lo lograba con este misterio devolviéndome el menoscabo.
Al fin debo reconocer que mi isla se perdió y con ella mis pretensión de originalidad. Mi dolor no hubiera sido tan inconsolable si con ello hubiera conquistado el botín de mi hermana.
Ocurrió que había encontrado en una morera del patio de la abuela, en una tarde de aquellas en que las fantasías se entretejen con los calores de las siestas del verano, un capullo blanco adherido a una rama. Se asemejaba a aquellos algodones de fino azúcar hilado que se vendían en las ferias de diversiones y que nuestro padre solía comprarnos.
El capullo de una solidez inexpugnable encerraba un secreto, nada traslucía su entretejido suave. Ella con maestría seducía a un público ávido de maravillas.
Consciente de los peligros que la acechaban guardaba celosamente el capullo en una caja con la cual dormía.
Fui promovida de golpe a la posición de envidiosa. Olvidando mis antiguas posesiones solo una idea se hizo carne en mí, apropiarme de aquello que me arrojaba a los rincones del olvido aunque fuera castigada por ello. Sentí la punzada de los celos en la carne, súbitamente había pasado a segundo plano y mi ego no lo permitiría, peligro que en una familia numerosa se está expuesto a padecer.
El deseo de posesión me habitaba desde siempre, pero nunca tan fuerte como cuando sentía que quedaba fuera de la escena.
Como una voluntad ajena se manifestaban en mí pensamientos, y me encontraba planeando la apropiación de aquello que se me negaba. Estaba destinada a perderme y aún así valía la pena intentarlo.
Acechaba los movimientos de mi hermana buscando la oportunidad de tomar la caja, la escondía entre las sabanas de su cama cuando salía del cuarto.
Aquella mañana pasar de mi cama a la suya fue un relámpago, la maniobra hecha sin certeza me hizo perder pié, pues mi cama se hallaba por encima de la de ella. Una nube blanca invadió mi visión al caer. Algo frío cayó sobre mi cara y seguidamente resbaló por mi cuello.
El corazón me palpitaba, no sin esfuerzo me incorporé, al mirar hacia el piso vi la caja en el mismo y sobre mi pié observé un largo tallo verde esmeralda, a medida que me inclinaba para tomarlo en mis manos descubría sus movimientos y los diferentes colores que lo cubrían, ya no solo el verde sino también amarillos y negros.
Atávico, el terror a lo desconocido motivó un brusco movimiento provocando una voltereta del animal que saltó por el aire cayendo sobre la cama, pude observar así que el capullo ya no existía, la transformación había dado paso a un gusano gordo y formidable que se movía ondulante.
Prendido a su cola colgaba parte de aquel suave y hermoso tejido hilado que me atrajera, igual que la sonrisa de la boca de mi hermana que me observaba desde la puerta del cuarto.
Había ocurrido en aquel tiempo una mágica transformación que lograría que mi posición frente a mis hermanos se conmoviera, y como aquel capullo había caído para mí el falso velo que me aislaba de ellos.
C.M

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