sábado, septiembre 25, 2010

UN DIA CUALQUIERA

librería Del Pasaje, foto de mi proyecto "Palermo"

Un día sin aviso previo un libro decide perderse en la biblioteca, en ese cosmos de palabras, títulos, autores agendados, archivado con esmero, sin embargo se pierde. No encuentro el texto que busco, recorro una y mil veces las tres o cuatro bibliotecas de la casa, los de abajo del carrito al costado del sillón de lectura, y nada se produce, solo el vacío adentro y afuera, ya que no recuerdo a mi mano trasladarlo de un lugar a otro.
Sitúo un momento en esta vorágine de pérdidas, no es el primer libro que traspapelo, antes se escurrió “Cartas a Milena” de Kafka,” Rio de las congojas” de Libertad Demitrópulos y otros.
Curiosa la manera de encontrarme con la pérdida, leo un artículo y digo ¡ qué suerte no tengo que comprar este libro, lo tengo en mi biblioteca!, sueño de alta calidad que me habita, tener todos los libros que me interesan, a la vez sé que sería inmensamente aburrido, pero sé que me tranquilizo cuando tengo el libro deseado, no tengo que pensar en comprarlo, en salir de casa y perder el tiempo de ir a una biblioteca, lo cual es un contrasentido, pues me apasiona ir a las librerías y mirar, tomar un libro irme al bar y leer párrafos escogidos. Pero sí reconozco que me tranquiliza tener los libros que quiero en mi biblioteca, pensándolo bien será porque me garantizan el nivel de mis lecturas, el hecho de que ya lo leí y pertenece a mi acervo cultural, me satisface.
Pero no, el libro no aparece, recuerdo, tiempo, lugar y momento en que lo he comprado en el pasado, pero en el universo de mi biblioteca él se pierde, decide no encontrarme como yo lo encontré a él.
Pienso, será alguna especie de venganza cruel de los libros hacia mí? sé que no los cuido como debe ser, “mea culpa”, sé que las más de las veces no los archivo como debo, en el momento debido, sé que los presto y los pierdo por tiempos indeterminados, bah, hasta que el amigo que recibió el préstamo decide que no le interesa tenerlo en su biblioteca y magnánimo me lo devuelve, y yo sin recordar siquiera que se lo había prestado pongo cara de que ¡era hora che!, pero en realidad ignoraba que tenía el libro en su poder. Digo, quizás me merezco que se pierdan y no encontrarlos en raides sucesivos, no simultáneos en mi biblioteca.
Bien esta vez desapareció “Infancia en Berlín” de Walter Benjamin, no puedo decir lo que significa ese libro para mi, sé que puedo comprarlo, pero no, yo ya lo tenía, ¿lo presté?, no, me digo una y mil veces no, ¿a quién le puede interesar de mis amigos leer a Benjamín?
Sé que no salió de casa y entonces entro en pánico, igual que Kafka, ¿acaso una venganza de los escritores, que sucede , adónde van a parar mientras yo busco, dónde se refugian de mi voracidad?
En el recorrido por los estantes encuentro de todo, papeles perdidos, fotos, cartas, tarjetas, señaladores, tierra, en grandes cantidades, recorro sus lomos y se desprende de ellos una nube imperceptible que me hace estornudar, me digo –¡que dejada! -, sigo buscando, aprisiono libros. Busco con una linternita alógena que tiene mi marido en su mesa de luz y a la cual recurro cuando busco un libro a la noche y no quiero prender la luz, imitando a los de la serie forense CIS, me pongo bizca leyendo los títulos que no logro ver porque ya estoy un poco ciega con la edad y la miopía. Y…nada, no aparece, me conformo diciéndome que "ya aparecerá, que está en casa, que lo leeré después", que “más busco menos encuentro”. Pero la incertidumbre crece, la verdad es que no sé qué pensar, me fastidio culpándome de mi desacierto en la manera de ordenarlos en estantes, por obras, por autor, por temas, por géneros, o por disciplina, ¡ha! podría seguir.La verdad es que no ficho, solo a medias, solo cuando tengo ganas, reconozco que lo que más me apasiona es tener los libros en mi mesa de luz y no sacarlos de allí y se forman torres, con polvo, generan un desorden descomunal, entre papeles diarios, boletas de impuestos que pagar, lápices para marcar páginas, marcadores varios de librerías donde los compro, pastillas para la presión y la levotiroxina, lentes, planilla diaria de la institución donde trabajo, cajas negras que intentan contener el desorden de mis días, fotos y más fotos, recuerdos, cajitas, souvenirs, mis lentes, a veces pañuelos, vasos de agua para la noche, y ese cosmos que me acompaña cada día de mi vida, se recarga con los mundos de cada libro estacionado allí.
Confieso,es donde querría que se armara la biblioteca ideal, donde siempre encontraría los textos que amo, los que quiero consultar siempre, los que me acompañan en la tarea de pensar y entender algunas cosas de esta vida complicada y deseosa que he elegido tener, mis dudas y las de otros, lugar por excelencia de esta persona íntima que soy.
A la imposibilidad de que así sea le opongo el traslado de las obras a otros lugares remotos de la casa, de donde luego el exilio impuesto me demuestra que no es fácil volver a casa, la mesa de luz.
Impuesto ese exilio a otros espacios se sufre la pérdida, como sugieren todos los que han sido exiliados, pérdida de identidad, pérdida del referente, de lo cotidiano, de lo que nos acompaña toda una vida, de lo conocido y de lo normal, como decimos cuando queremos explicar algo que no lo es.
Debe parecer un poco extraño que diga pérdida de la identidad, pero es así, pierdo mi identidad cada vez que un libro se me esconde, creo que Alicia en el país de las maravillas se encuentra con ellos en algún instante de su viaje. hay otra realidad, lo compruebo cada vez que me acontece esta pérdida, hay otro lugar por fuera de la percepción de lo real.
Debo dejar de buscar y esperar a que ellos se decidan regresar a mi, para mostrarme que tienen vida, que yo los doté de esa vida al sacarlos de la librería donde descansaban de su autor y del tecleo incesante de la máquina. Y mientras tanto la incertidumbre…
C.M
Copyright CECILIA MAIDANA© Todos los Derechos Reservados – 2010.