domingo, noviembre 15, 2009

La cocina







En el espacio mágico de la cocina, en un tiempo sin realidad, pensaba que los deseos de su madre se guardaban en frascos trasparentes en la alacena. Allí, escondidos entre cristales multicolores, interpolados con frascos de dulces y confituras, o especias y untuosos licores que destilaba durante el año con los que domaba su rebeldía y negaba su conformismo.
Cuando ella fue grande, ahíta de colores y sabores, cuando la magia se había disipado, entró en esa calculada distribución del amor de su madre. La madre que todo lo da repartía licores de café, de mandarina, de chocolate o de huevos, así como bombones de zanahorias y chocolate.
Regia en el hacer atrapaba voluntades con ribetes de primoroso crochet, desplegaba como una gran araña sus patas y con cada una de ellas abarcaba años de inquietud y vivencias imposibles. Trazado de un dibujo dentro del dibujo que resaltaba con diminutos cristales multicolores, ficciones en cajas pintadas a manos.
El colmo de su amor, de su don, era el tejido de una manta de grandiosidad emotiva. El poder cobijaba solo a los elegidos.
Como un rompecabezas armaba la estructura de una gracia que enajenaba al escogido. Un tejido de emociones, pasiones, y múltiples filamentos que eran considerados privilegios. Ella tejía palabras de amor, hilvanaba palabras de odio y en su conjunto era una cesión absolutamente arbitraria.
Al final, sus manos respondiendo a un enigma, a un trazado errático ya no pudieron seguir una línea o realizar con decoro un dibujo.